Hace dos años, cuando todo eran tinieblas, los cenizos abogaban desde el anonimato por descender a la Segunda B y dedicar todos los esfuerzos a una deuda que en total, he ahí los textos definitivos del informe concursal, asciende a 93.716.749 con 43 céntimos. Aquella teoría se readaptó después a la del no ascenso, defendida dentro del club por ilustres insignias que carecieron de arrojo para hacerlo a cara descubierta. Por fortuna, y en eso sí que acertó de pleno, Vicente Andreu sabía que el fútbol no son tornillos. El Levante apostó por un proyecto de bajo coste a medio plazo y que gracias al buen trabajo y también algo de justicia cósmica puede devolverlo a Primera antes de lo planificado, incluso soñado. El error de las teorías que minusvaloran el valor deportivo, social y económico de jugar en la élite es dar por sentado que para ello es necesario despilfarrar los 12 millones de la tele con las sospechosas formas que los 53 del terciario. El ejemplo a seguir es el del Numancia y en eso se está ya trabajando. Que nadie se lleve tampoco las manos a la cabeza si el club paga a cuenta de futuros ingresos dos millones en primas —la del grupo y las individuales— porque jugadores que vinieron aquí cobrando la tercera parte de sus fichas las han amortizado con creces y se las merecen. Otra cosa es que por el camino parte de la prima acabe en el bolsillo de algún caradura, lo cual sí es un malgasto colateral.