Desde febrero de 2009 las obras de construcción del nuevo Mestalla se encuentran paralizadas. Se decía en 2004 que el estadio se inauguraría a mediados de 2008 para albergar el Mundial de Atletismo de 2009, si se concedía a la ciudad de Valencia. Después se retrasó su puesta en funcionamiento para el 2010 y ahora ni se sabe. La denominada crisis global o la mala planificación le ha afectado. Mi impresión es que se llevan quince años perdidos y muchas energías dilapidadas. Todo empezó cuando el 7 de noviembre de 1995 el entonces presidente del Valencia, Francisco Roig, en su impetuoso deseo por poner nuevos ladrillos en Mestalla presentó al Ayuntamiento de Valencia su plan para ampliar los graderíos. Un plan que con retoques fue aprobado a pesar de que en abril del mismo año la alcaldesa Rita Barberá defendía, con buen criterio, la idea de que lo mejor era construir un nuevo estadio. No le hicieron caso. El ´buñuelo´, en expresión del ex consejero José Peris Frígola, fue tomando cuerpo.
Estadio compartido
Durante este tiempo, primero el Tribunal Superior de Justicia y con posterioridad el Tribunal Supremo emite sendos fallos en contra de la citada ampliación y la declararon ilegal. Los vecinos ganaron en su reclamación. Sentencia que, obviamente, no ha sido ejecutada. Francisco Roig estuvo en condiciones de evitar este sofoco pero pudo más su afán ladrillero y su discurso populista. La alcaldesa —también durante este tiempo no le han hecho caso ni el Valencia CF ni el Levante UD— expresó su deseo de que el nuevo recinto deportivo fuese de titularidad pública y compartido por ambos clubes, a los que en su momento se añadía el Gimnástico antes de ser absorbido por el propio VCF. El Valencia nunca quiso un campo de titularidad municipal y además compartido. Se sujetó al argumento de que si accedía a ello perdía el patrimonio. El Levante UD, por su parte, se dejaba querer pero tampoco le interesaba irse a jugar a un recinto de 75.000 espectadores. Se inclinaba por la recalificación de la esquina de Orriols (30.000 m2) como su tabla de salvación económica. Un dinero que se evaporó con suma facilidad.
Y ahora, ¿qué hacemos?
Desde siempre me he inclinado por defender la idea de un estadio compartido por los dos clubes representativos de la ciudad de Valencia. En su momento observaba más ventajas que inconvenientes. Ahora tengo serias dudas después de los pasos dados por ambas entidades. En cambio, no las tengo en cuanto a considerar que tanto uno como el otro no pueden disponer de un activo que rentabilizan, en el mejor de los casos, dos veces al mes. Entonces, ¿qué hacemos? Llegado a este momento no lo sé. Hay que ser realistas y el nivel de fuerzas entre el Valencia y el Levante está muy desequilibrado a favor del primero. ¿Qué hace el Levante jugando en un estadio para 75.000 espectadores? Es más, ¿lo llenará con asiduidad el propio Valencia? Tengo mis dudas por mucha lista de espera que digan que hay.
La encuesta
Superdeporte ha sabido sacar este debate a un primer plano. Las reacciones de los aficionados, una vez más, están marcadas por su visceralidad y se niegan a emplear el verbo compartir. Sin embargo, aplaudo la actitud de Rita Barberá de mantenerse coherente con su tradicional postura de inclinarse por la existencia de un solo estadio o campo de fútbol. Asegura que está abierta al diálogo con el Valencia y con el Levante para que sean ellos los que decidan su propio futuro. Eso sí, me gustaría que en ese futuro no tuviesen acceso al dinero público —ya han recibido ayudas—, pues el mismo se necesita con prioridad para la enseñanza, sanidad, deporte de base y servicios, por ejemplo, y no para coadyuvar al pago de nóminas elitistas —fuera del mercado— y no todas relacionadas con los futbolistas.