En los momentos de alegría, Juan Ignacio decía que su familia le repetía una y otra vez que debía estar preparado para los palos. Desde el 1-0 ante el Sevilla, el rostro del míster ha ido cambiando, aunque mantenía una mueca de complicidad porque los perseguidores no daban ese paso al frente. Para nada esperaba que Botelho, un hijo para él, convirtiera la visita al Bernabéu en pesadilla. Lo de menos fue el resultado. Está decepcionado, contrariado, desbordado por los sucesos. «Al final han tenido razón los que hablaban mal de ti», le dijo en la intimidad. Por mucho perdón, ahora debe demostrar quién manda.