31/05/2016

Ese beso a una puerta de Mestalla

Un montón de niños pequeños han dejado de ser seguidores del Valencia CF... Hay que recuperarlos

01.06.2016 | 00:43

El Valencia ha dado un paso importante. Un paso casi de gigante. Ya sabe que lo que tiene en plantilla no da para grandes gestas pero no resulta fácil deshacerte de futbolistas vulgares en su juego pero no tanto en su elevadísima cuenta corriente. Y sí, sobran bastantes jugadores pero el problema es ver dónde los colocas con el precio que tienen o más concretamente con lo que tienen de ficha. Miren, cualquier jugador del Valencia, hasta el más jovencito e incluso ruín, cobra una leña casi impensable para el fútbol español, que es una de las ligas donde más pasta se cobra. Y eso, lo de tener jugadores medianos pagados a precio de oro, normalmente no se resuelve en una semanita. No dudo, o no tengo dudas, de que Suso García Pitarch y Ayestarán saben lo que les sobra y cómo reemplazarlo. El problema es venderlo... sin perder mucho dinero. Y ese es el gran reto.

Otro gran reto
Polideportivo de Benimaclet. Campo de fútbol-7 preparado para una pachanguita ilustre. Padres y nanos comparten vestuario y muchas camisetas. Y sí, yo me quedé mirando y rápidamente caí en la cuenta de lo que estaba sucediendo, o mejor dicho, está sucediendo ahora. Los niños, la mayoría de los niños, lucían camisetas del Madrid -con orgullo-, algunos menos del Barça y solo mi hijo y creo que otro llevaban en el pecho el escudo del Valencia. ¿Y eso qué quiere decir? Pues algo muy simple y que el Valencia debería plantearse como recuperar un gran objetivo. En los colegios, en la mayoría de los colegios, los nanos observan al Valencia como si fuera hijo de un Dios menor. Vale, sí, les hace gracia, es el equipo de la tierra donde nacieron, pero a ellos lo que les pone es ser del Barça o del Madrid, y así quedó reflejado en la mayoría de las camisetas que se vieron por Benimaclet.

No es un fichajazo...
Y miren, yo por ahí es por donde veo un declive importante de las sinergias del Valencia. El equipo no funciona y los nanos abandonan la camiseta para enrolarse en otros equipos. Y miren, yo pertenezco a una generación de valencianistas que nos tiramos un mogollón de años sin rascar nada destacable. Yo, Paco Lloret, el desaparecido Aleixandre... vivimos muchos años en la ruina deportiva e informativa y tiramos hacia adelante pero con un esfuerzo descomunal. Y sí, pese a todo, aunque lo de vestir la camiseta de tu equipo se puso de moda un poco después, vivíamos en una ciudad con corazón valencianista poco dada a las victorias y a las grandes gestas. ¿Y? Pues que a mí no me gustaría dejarle esa herencia a mi hijo mediano. Juanito es del Valencia. Muy del Valencia. Y si Peter Lim o Layhoon lo hubieran visto cuando el domingo pasó por el viejo estadio de Mestalla con destino al Corpus Christi y no se le ocurrió otra cosa que salir corriendo y darle un beso a una puerta del vestusto coliseo de Mestalla... me entenderían. Ese beso fue enorme. Amor, pasión y esperanza de cara al futuro. Ese beso lo encierra todo. Y sí, yo estoy orgulloso, pero lo estaría más si Juanito pudiera vibrar en breve con alguna gesta de su equipo. Eso sería enorme. Un sueño irrechazable.

Ese es mi reto
Ese es mi reto, poder disfrutar con el pequeño Juan de un gran Valencia. Y sí también, no tengo excesiva prisa, pero hay que agitar el mercado para formar un equipo competitivo. Algunos me dicen que no hay dinero y que toca aguantarse. No me vale esa respuesta. En mi casa vivimos con lo justo pero ese con lo justo sí que da para que Juanito disfrute con la camiseta del Valencia y le dé un beso a una de esas remozadas puertas del viejo Mestalla. Y eso, ese beso, queridos Peter Lim, Layhoon, Suso, Pako... encierra un cariño enorme que no podéis defraudar. Y sí, como mi hijo Juan hay muchos otros niños que sueñan con los triunfos del Valencia. Y solo por eso, por recuperar con dignidad a los niños, se impone que el Valencia forme un equipo sólido y competitivo. Ya sé que no es fácil, pero hay que intentarlo de forma urgente. Sería un regalo enorme para nuestra salud mental. Y eso ya es mucho.

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