17/10/2016

Un poco de pan para el hambriento

Celebremos, pues, con mucha contención estos primeros tres puntos del nuevo mister, cuya tarea no va a ser nada fácil

17.10.2016 | 18:26

En un mundo ideal, el valencianista, especie si no en extinción desde luego sí amenazada, no acabaría hoy lunes de tenerlas todas consigo a pesar de la victoria de su equipo en Gijón. El partido no fue malo sino lo siguiente de malo, que no sabríamos bien cómo calificar. Pareció, y casi nos tememos que en realidad lo fuera, uno de esos encuentros a cara de perro entre serios candidatos al descenso de categoría. Los pases más parecieron pedradas, las carreras no llevaban casi nunca a destino inteligible alguno, no faltaba ni el jugón de turno -en este caso Parejo, cada día más cerca de Trashorras-, vestigio casi decadente de un pasado mejor, ni el extremo habilidoso al que de repente le sale el medio partido de su vida sin que nadie se explique por qué -Cancelo, claro-. Pero fútbol, lo que se dice fútbol, casi no hubo. Y sin embargo, es incluso probable que la gente en Valencia haya salido de casa de buena mañana contenta rumbo a su lugar de trabajo. Tan mal estamos, compañeros.

Más frío que calor
Prandelli tomó decisiones. Es lógico que lo hiciera. Primero porque ha recibido una herencia desastrosa y segundo porque para eso se supone que le han contratado. Sorprendió apostando por Santos como acompañante de Garay. Tuvo poca oposición porque el Sporting tiene arriba menos pólvora que una pistola de juguete -sus mejores futbolistas de la temporada pasada han sido traspasados- pero aún y así el chico cumplió. También movió a Parejo unos metros hacia adelante, tanto que durante largas fases del encuentro jugó de segundo delantero. Y aquí la cosa funcionó a medias. El madrileño aportó la calidad en el área que no tiene ninguno de sus compañeros -véase, verbigracia, el primero gol de Suárez-. Pero dejó huérfana la zona de creación, que, en los pies de Suárez y Pérez, fue un auténtico barco a la deriva, una insustancialidad que a nadie sorprende, un casi nada permanente. Apostó también por Santi Mina, que volvió a estar horroroso y sobre todo por juntar las líneas. Y por ahí salvó el pellejo.

En defensa, mejor
Alves apenas tuvo que intervenir. No es que eso sea un logro a la vista de lo que ofrece el Sporting, pero sí es un pequeño paso en la buena dirección. Sus cuatro defensas estuvieron, esta vez sí, aplicados. Merodeó en demasía el rival zonas peligrosas, sobre todo en el primer tiempo, algo que ante el Barcelona, por mencionar al próximo visitante de Mestalla, no parece una idea muy acertada, pero sin generar más que apuros menores. Y hasta ahí las buenas noticias. Salvando ese punto de suerte que hasta ahora se hacía esquiva y que ayer favoreció a los de Prandelli. Pako, por no tener no tuvo nunca ni la fortuna a su favor, y así era imposible. Porque cuando de hacer fútbol se trataba, lo único que ofreció el Valencia fue a un Cancelo desmelenado hasta que le aguantaron las piernas. Impredecible como una liebre del Algarve, el extremo portugués se disfrazó del Ronaldinho de sus mejores tiempos y sembró el pánico, él solito eso sí, entre las filas gijonesas. Una fiera a la carrera y un prodigio en la gambeta. Pero ni Mina ni Rodrigo están para culminar faena alguna. Su inoperancia sólo puede conducir al llanto. No es de extrañar, por ello, que tenga que ser Suárez el que marque los goles. Así, cuanto menos, nos damos cuenta de que está sobre el campo. Los ataques posicionales del Valencia desnudaban una y otra vez la falta de pericia de algunos de sus futbolistas ¿Tiene eso solución?

Alegría contenida
Celebremos, pues, con mucha contención estos primeros tres puntos del nuevo mister, cuya tarea no va a ser nada fácil. Uno lo recuerda al frente de una Italia resultona en nuestra gloriosa Euro de 2012. Este fue su once en la final (4-0 para España): Buffon, Abate, Barzagli, Bonucci, Chiellini, Pirlo (casi nada), Marchisio, Montolivo, De Rossi, Cassano y Balotelli (el de entonces, sacando pectorales). Así, casi que cualquiera. Comprenderán ustedes que a uno, al ver lo que Peter Lim le ha puesto a disposición, se le escape la risa cuando se da por garantizado que con Prandelli la cosa va a ir para arriba. Lo dicho, contención.

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