No es cuestión de echar mano de la demagogia -más que nada porque de demagogos ya está lleno el patio- y decir que uno está contento con el partido del otro día en el Calderón, eso no se puede decir porque en esto del fútbol de lo que se trata es de ganar y el Valencia perdió, injustamente, pero perdió. Otra cosa es hacer más profundo el análisis del asunto, por más que en esto del fútbol lo de analizar profundamente las cosas está cada vez más interesadamente en desuso.
El Valencia perdió pero estuve los 90 minutos enganchado a la televisión. Les digo más, los dos o tres últimos saques de esquina los vi de pie, en el comedor de casa y escondido detrás del sofá. Viví la segunda parte del partido como hacía tiempo no había vivido uno del Valencia, con intensidad y pendiente de cada jugada, lo que viene a ser básicamente, y según entiendo yo este deporte, la esencia del fútbol, disfrutar. Recuerdo que de vez en cuando aparecía mi hija Nuria para preguntarme por qué había chillado esta vez y si había marcado el Valencia -he de decir que su hermana mayor y mi mujer estaban en la otra tele, en la que ningún ser humano del mundo hubiera tenido valor de cambiar de canal para poner el fútbol y quitar un reality show de unos bailarines o no sé qué historias-.
Del Valencia del otro día me quedo con su actitud, perdió pero quiso ganar siempre. Antes sufría con las victorias del Valencia y se puede decir que el otro día disfruté con una derrota, pero lo cierto es que eso sólo me sirve para seguir creyendo y para ilusionarme de cara al partido de mañana. Me sirve para estar convencido de que se puede hacer algo bonito en la Copa, pero pese a todo, admito que prefiero sufrir ganando. Todo llegará.