PABLO TARANCÓN
Miguel Ángel Moyà afrontaba anoche el que probablemente haya sido su partido más importante desde que llegó a Valencia (el equipo se jugaba el pase y él no había estado bien a título personal en anteriores duelos) y, en términos globales, aprobó en su primera gran reválida.
El arquero, en los primeros compases, tuvo que trabajar más con los pies que con las manos ya que la mayoría de sus intervenciones fueron saques lagos, por regla general, bien dirigidos. A partir de ahí, el italiano Rossi le dio el primer susto en el m. 14 con un disparo que se fue desviado y apenas unos minutos más tarde el mallorquín tuvo que emplearse a fondo para repeler un remate de Biava casi a bocajarro que despejó con acierto en una triple ocasión de los genoveses.
Esa quizás fue su mejor intervención de la noche pero, más allá de los goles que pudiese evitar, lo que sí que consiguió fue transmitir seguridad. Con el Luigi Ferraris apretando los italianos colgaron algunos balones al área valencianista cuando el marcador era de empate a uno, e incluso antes, en los que el meta salió con solvencia en ocasiones para blocar el balón y en ocasiones para despejar de forma contundente el esférico.
Lo cierto es que en el cómputo global del encuentro, remates que fuesen entre palos y que llegasen hasta él, tan sólo hubo tres. Uno fue el anteriormente mencionado repelido frente a Biava, otro fue un cabezazo manso que blocó y el otro fue el gol de Crespo, una acción en la que salió cuando el argentino ya le había cogido la espalda a la defensa pero fue superado en el mano a mano.
Al margen de esas tres acciones, también el propio Crespo le dio un aviso en una salida en la que el disparo al argentino se le fue desviado por poco... pero anoche, por suerte, no hubo errores que costasen goles.
El meta se asiente de forma progresiva y todo apunta a que en dieciseisavos de final volverá a defender la portería valencianista. A partir de ahora, como anoche, cada partido es a vida o muerte.