04 de febrero de 2012
04.02.2012
HUGO BALLESTER

Guanyar, guanyar o guanyar

11.02.2012 | 17:34

Hay que seguir; no queda otra. Terminado el sueño toca centrarse de nuevo y enderezar el rumbo para un equipo que por momentos parece sufrir el ´quiero y no puedo´ en las grandes citas. Seguramente muchos quieran matizar y el «por momentos» convertirlo en un «siempre» en los últimos cuatro años. Porque por muy duro que parezca la realidad nos dice que el Valencia no ha sabido o podido competir cuando la ocasión así lo requería. Nunca diré que no haya querido, porque el valor, como a los soldados, se les presupone; también a ellos. Dicen que nos caemos para aprender a levantarnos y en esas seguiremos, pensando en positivo tras la dura reflexión de esta tormentosa realidad que nos azota. El equipo todavía está vivo en dos competiciones y en éstas no hay excusas, ni sueños, ni hipótesis, ni medias verdades: sólo realidades. «Guanyar, guanyar i guanyar» que diría mi querido y admirado Rovira.

El sentir de la grada
El pensamiento y posterior razonamiento que queda va más allá de la última desilusión en una eliminatoria a las puertas de una final. No se precipiten. Al valencianista de toda la vida, el del pase, la cara pintada y portador de la misma bufanda que hace 20 años le regaló por primera vez su padre y que desde entonces no se la ha quitado (sí, esa en la que piensan y que tiene su versión para el verano en forma de toalla para la playa con diez escudos y descolorida con el tercer lavado) no se flagela por perder a doble partido con el Barça. Su lamento es más profundo. Si entienden eso será porque nunca vieron un partido sentado junto a él ni se pararon a escucharle mientras jugaba a ser presidente, director deportivo, entrenador o jugador; todo al mismo tiempo. A ese seguidor, a ese aficionado, a ese hijo del valencianismo desde la cuna no hace falta que nadie le diga lo bueno que es Messi, lo rápido que es Drogba ni el frío que hace en Gelserkichen. Tampoco lo poco que ayudan los árbitros ni los títulos que tiene en sus vitrinas el Real Madrid. Porque si se detienen por unos instantes a escuchar (que no a oír) a ese aficionado se darán cuenta de lo mismo que aprecié yo hace algunos años cuando me acerqué en busca de la comprensión que todos necesitamos para saber de lo que hablamos: para él, para ellos ¡Soldado es mejor que Messi! Y si no está Soldado, ¡Aduriz! Y por encima de los nombres, al ser preguntados por la diferencia de presupuestos, la venta cada verano de una o varias estrellas, los derechos televisivos y los anuncios de videojuegos€ ¡te dirán que su escudo está por encima de todo eso! Porque así lo entienden y porque esa es su manera de vivir la vida. El que eligieron y promulgan a los cuatro vientos. Por eso creen y por eso nunca nadie les hará cambiar de opinión. No, no estan locos ni son unos ingenuos. Va más allá. Es su sentimiento que les hace a ¡300 tíos! presentarse a las siete de la tarde en el aeropuerto de Manises con 5 grados a la intemperie para despedir a los suyos y a otros ¡1000! desplazarse como buenamente puedan a Barcelona para ser ubicados en el palo más alto del estadio y perder la voz animando a su equipo. Insisto, no están locos y no son ingenuos. En su fuero interno son conocedores de las dificultades, los problemas y las limitaciones en comparación con el resto. Pero lo que piden no lo cuantifican los resultados, ni los títulos, ni los fichajes multimillonarios. Lo que reclaman es espíritu competitivo, alejar lo más posible el complejo de inferioridad, el «que por nosotros no sea»€ y ahí algo falla. Cuatro años tropezando en el cara a cara con todo tipo de plantillas a tu disposición, sin un estilo definido, sin manejar vestuarios, sin un sistema defensivo, sin un contragolpe, sin recuperar jugadores que bajaron su rendimiento,sin filosofía de juego. Cuatro años son un proyecto; cuatro años merecen una alegría.

Amunt
Pese a todo y evitando el dramatismo y la fatalidad, hay vida. Tan larga como esperanzadora. Casi una vuelta liguera completa por delante y la Europa League, esa competición donde no juegan ni Madrid ni Barcelona y en la que tu objetivo será llegar a la final y por el camino tendrás que dejarte la piel y el alma por conseguirlo. Porque en Mestalla, a la salida del túnel de vestuarios, en el último escalón antes de saltar al césped no aparecen cifras, ni presupuestos, ni se comparan los títulos ni las plantillas, ni invitan a participar, jugar y divertirse sino algo más explícito que viene marcado en la idiosincrasia de este club: «Guanyar, guanyar i guanyar». Se acabaron los sueños, los pies en el suelo. Porque cuando has descartado lo imposible, lo que queda, aunque improbable, tiene que ser cierto. Y esa realidad es la que queda por exigirse.

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