22 de marzo de 2020
22.03.2020
22/03/2020

Brooklyn, runners y esos ineptos

Cuando ya parecía evidente que tanto la Liga como la UEFA estaban estirando la cuerda mucho más de lo que el sentido común aconsejaba, el Valencia se debería haber plantado

22.03.2020 | 11:12
Brooklyn, runners y esos ineptos

Es el mundo entero el que se ha detenido. Y ha sido en cuestión de días. No hace aún dos semanas correteaba a primera hora de la mañana por el nuevo, y espectacular, High Line de Manhattan. Nueva York rebosaba actividad. Se daban los últimos retoques a la fachada marítima de Brooklyn Heights, incluyendo un carril especial para corredores que les permite llegar hasta el puente de Brooklyn y cruzar el East River hacia Manhattan en un recorrido que pone los pelos de punta al más templado. Uno miraba al cielo y veía grúas. Por primera vez en décadas el skyline de la ciudad se renueva con nuevos y espectaculares rascacielos, estilizados como gacelas africanas. A los tradicionales puestos de perritos calientes se van sumando otros con comidas de medio mundo, incluyendo los churros, que han tomado ya la costa oeste americana y son el producto estrella de la angelina Santa Mónica. Nada hacía presagiar lo que se avecinaba. Hoy los neoyorquinos no salen a la calle.

Mi familia y yo pasamos la cuarentena en el norte de México. Al contrario que en España, es la gente la que ha decidido aislarse antes de que las autoridades se lo impongan. Hay lugares en los que la conciencia cívica va por delante del poder establecido. Cuando se decidió cerrar los bares y restaurantes, estos ya llevaban varios días vacíos. Y sí, también han cerrado los parques y los caminos de montaña por los que runners y ciclistas lo daban todo en las tórridas mañanas de principios de marzo. Queda el consuelo de que, al contrario que en Valencia, correr por donde uno pueda sigue estando permitido. Las imágenes que llegan de España de policías multando al corredor o al ciclista solitario -incluso al profesional, que se desespera al ver que sus rivales de otros países siguen en la carretera-, junto a otras con vagones de metro abarrotados, nos trasladan la inconsistencia de algunas decisiones . En ciertos despachos el deporte es una simple palabra sin contenido.

Y en estos días de horas que no pasan -la vida es corta pero los días largos-, alguien en el Valencia CF debería reflexionar. La falta de liderazgo en el club empieza a cobrarse una factura que su propietario no puede seguir tolerando. Si es en momentos difíciles -desperate times call for desperate measures, querido Peter- cuando se toma la verdadera temperatura de las personas, los gestores actuales del club han quedado heridos de muerte. Y así, cuando ya parecía evidente que tanto la Liga como la UEFA estaban estirando la cuerda mucho más de lo que el sentido común aconsejaba, el Valencia se debería haber plantado. No lo hizo. Se fue a Vitoria a jugar con público ya en medio del diluvio -a esas alturas de expansión del virus, en Wuhan, sin ir más lejos, ya habían cerrado calles y transporte público- y luego permitió que la UEFA le impusiera un partido a puerta cerrada, manipulando la competición en un castigo sin precedentes para un club sin culpa alguna, contra un equipo proveniente de una zona de la que al día siguiente prohibieron cualquier salida para evitar la extensión de la epidemia. Anil Murthy bien pudo haber presentado su renuncia a los diez minutos de que Ángel Torres dijera aquello de «el Getafe no va a viajar a Milán, diga lo que diga la UEFA». Qué tristeza producen ciertas comparaciones.

Ahora solo queda intentar reparar los desperfectos. Si todo se arregla rápido, incluso puede que le ofrezca la Liga una segunda oportunidad a un equipo que iba directo al cementerio de la mano de un entrenador que por no tener, no tiene ni suerte. No parece descabellado, además, que el club se plantee impugnar partidos que jamás deberían haberse disputado. Circunstancias todas ellas que a estas alturas parecen una quimera, aislados todos en casa como estamos por el maldito virus, y con el Valencia en manos de un presidente que sigue confundiendo el balón de fútbol con el melón piel de sapo y de un perfecto incapaz sentado en el banquillo.


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