15 de febrero de 2021
15.02.2021
Superdeporte
15/02/2021

Derrotados ya antes de jugar

El Valencia CF rozó el ridículo y nadie queda exento de responsabilidad

15.02.2021 | 10:28

Se encontró el Madrid, sin esperarlo, con su victoria más plácida en lo que va de temporada. Enfrente hubo un grupo de futbolistas que deberían devolver el sueldo correspondiente a esta jornada. Le sobró a Zidane con poner sobre el campo a un once parecido al único que tiene -solo faltó Ramos- para atemorizar de tal manera al entrenador visitante que bien podían haber acordado de antemano una derrota amistosa sin tener que someternos al suplicio que vino después. Fue incluso peor que días aciagos como el de Elche porque esta vez ni siquiera existió una remota posibilidad de nada y hacía hasta daño ver cómo disfrutaban Kroos y Modric jugando a placer en una verde pradera en la que no había más que flores donde suelen encontrar alambre espino.

Como un bolo veraniego

El primer tiempo pareció un amistoso de pretemporada entre un equipo de primera -el Madrid- y uno de pueblo que se conforma con que no le metan un carro -el Valencia-. Los merengues no tuvieron ni que despeinarse para meter un par de zarpazos y dedicarse a descansar para futuros compromisos. Regresó aquel Valencia CF pusilánime de antaño, metido atrás por decreto de la pizarra, sin intención de presionar arriba bajo ninguna circunstancia, pendiente sólo de ordenar sus miserias en la frontal del área de Doménech. Sus futbolistas caminaron bastante más que corrieron, como si la derrota se diera por descontada. Una vez más, la consigna pesimista y conservadora recibida en el hotel pesó como una losa y allí no se vio a nadie convencido de nada. Si el trivote blanco carbura, el Madrid se convierte en imparable. El gol local se mascó desde el pitido inicial. Cuando llegó, dejó de nuevo dudas sobre el estado de Paulista, que no solo no mete pierna a Benzema sino que además le da la espalda. El segundo retrató la pasividad general de un grupo que lució siempre anestesiado. Huelga mencionar el juego de ataque valencianista en este tramo porque no existió. No llegó ni a pisar el área contraria, como si estuvieran jugando a otro deporte. Maxi dio un recital de desaciertos y Vallejo parecía un pobre chavalín de regional cuando chocaba con Casemiro. Sus guerras son lógicamente otras aunque a su entrenador no se lo parezca. Gracia, que lo veía desde la grada, había dicho en la previa que iba a sacar al equipo con intención de ganar el partido. Una vez más faltó a la verdad.

Cambiar para nada

Intentaron cambiar tras la reanudación, pero ya era tarde. Primera jugada y el Valencia presionó la salida del balón de Mendy. Al poco llegó el único disparo que hubo de atajar un Courtois de vacaciones toda la tarde ¿Por qué no se hizo así desde el principio? Todo terminó en nada, porque el Madrid manejó los tiempos con absoluta comodidad, pero cuanto menos el aficionado valencianista se ahorró la vergüenza del primer tiempo, ese arrastrar de pies y perfilar la cara en cada ataque blanco para que Benzema te la acabe rompiendo más pronto que tarde. Hubo muchas novedades, hasta cinco cambios, que airearon bien poco el panorama más allá de la nueva irrupción de un incógnito Cutrone, el nuevo ídolo de Tito Bau. Cómo lo vería de fácil todo Zidane que hasta se animó a echar al campo a sudar a los kilos de Isco, que ya no juega ni contra el Huesca. Cuesta incluso creer, al escribir esta crónica, que el Valencia de verdad estuvo en Valdebebas.


Nadie se salva

Nadie queda exento de responsabilidad. El planteamiento inicial del Valencia, esperando metido dentro de su área todos y cada uno de los ataques del rival, rozó el ridículo. De esa forma era imposible meterle mano al Madrid. Pero el mensaje acomplejado y temeroso que lanzó la pizarra halló en la pasividad de los futbolistas el perfecto cómplice para redondear una tarde lastimosa. No es la primera vez que esas consignas ultradefensivas parecen ser interpretadas por la plantilla con un punto de displicencia que parece poco justificable. Esta vez, además, del oprobio no se salvó nadie.


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