Cuando nací, mi padrino José Vicente Puente me hizo socio del Real Madrid. Todavía guardo como una reliquia entrañable ese carnet con foto de bebé recién nacido regordete. No en vano pesé cinco kilos para sufrimiento de mi querida madre. No deja de ser una anécdota, ya que el enorme apego que siempre tuvo mi padre a la terreta, le llevó a ir poco a poco, como ese arroz que se cuece sin prisa pero sin pausa hasta quedar en su punto, a convertirme en un valencianista de corazón.

Mis primeros recuerdos junto a él se remontan a aquellas tardes de domingo escuchando el 'Carrusel Deportivo' en el desordenado estudio de Somosaguas. Aquel pitido entrecortado nos helaba la sangre. «Gol del Madrid en Mestalla». «Bueno hijo, no te preocupes. Ya te dije que hoy perdíamos seguro».

Con el paso de los años, esa actitud me sacaba de quicio. «Hoy perdemos. Hazte la idea. Así, si ganamos, doble alegría». A él en cambio le sacaba de quicio que yo pusiera siempre al Valencia ganador en las quinielas. «¡Eres tonto! Ponle que pierde. Si gana, fallas la quiniela, pero te llevas la alegría de ver ganar a tu equipo».

Sea como fuere. Disfrutamos de momentos inolvidables en la historia reciente del Club. Aquella Copa del Rey en Sevilla. El gol majestuoso de Mendieta provocó que nos llamara Miguel Bosé para felicitarnos como un fan más del equipo. O el viaje a París con toda la familia Vizcaíno. Perdimos, pero disfrutamos viendo cómo la Europa futbolística se rendía ante el arrojo de un equipo que era puro nervio.

Y qué decir de los años de Benítez. Cada domingo sufriendo en casa los partidos como si nos fuera la vida en ello. Él, tumbado en el sofá, pero moliendo a patadas el cojín con cada balón dividido que se llevaban Albelda o Baraja. Vivimos grandes años a pesar de que él pensara siempre que íbamos a perder. Esas cosas del fanfarrón negativo del que siempre hacía gala; y que el otro día me recordaba con acierto el presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo. «Tu padre siempre que venía al Calderón a ver al Valencia me decía lo mismo. Nos vais a ganar; a meter cuatro».

Desgraciadamente, hoy en día este abrazo a la derrota estaría más que justificado. Ahora bien, continuaría siendo pura apariencia. Ya que a buen seguro, esté donde esté, sufre como el resto de los aficionados por el presente del Valencia. Por el desapego de la propiedad con este escudo; que tanto significa para tantas personas; y que nos deja temerosos y desamparados ante un futuro más que incierto. A pesar de ello, ¡Amunt Berlanga y Amunt València sempre!