Es imposible separar fútbol y política. El poder lleva relacionándose con el fútbol y no con otros deportes durante más de un siglo por su trascendencia popular, porque no hay nada como un estadio para reflejar, concentrada, toda una realidad social. Videla quiso hacer propaganda del Mundial 78, pero con los goles de Kempes acabaron abrazándose carceleros y disidentes. El drama hooligan de Heysel fue la exhibición rabiosa del desencanto generacional por las reformas ultraliberales en el Reino Unido de los 80. O si el fútbol femenino ha llamado la atención de patrocinadores y televisiones es, también, por el efecto colateral de las conquistas ganadas palmo a palmo por el feminismo en la calle.

Es política y es antropología. En Copenhague asistimos a un ejemplo. Guardianes de un juego viejo y lento en un mundo de ritmo hiperestimulado, en la barrera humana de los jugadores daneses en torno a su compañero Christian Eriksen rebotaban todos los pecados de nuestro tiempo: el exhibicionismo obsceno de la nueva cultura del entretenimiento, la vida en directo desde un móvil, los likes y clickbaits, los audios acelerados, las certezas categóricas paridas al instante en 280 caracteres. Allí estaban los jugadores, con sus 80 partidos (que son pocos) al año, expuestos al circo, formando una barrera no para defender una falta, sino para despejar cada plano ampliado hacia el rostro agónico del futbolista caído. La selección de Dinamarca contrarrestó toda la hostilidad visual con humanidad, con una hermosa definición atemporal del concepto equipo. Volvieron a jugar. Da igual que un compañero sufra insultos racistas o un paro cardíaco. Siempre se retoma el espectáculo “por decisión de los jugadores”. Es fútbol, la actividad social menos deportiva (Ferran Torrent).

El fútbol es un libro de historia en directo, es política pura. Uno de los contados eventos en los que los estribillos patrióticos de los himnos nacionales conservan un encaje creíble. Alejados ya de casi todas las barricadas, sus letras anacrónicas son la puesta en escena perfecta para envolver esa metáfora de Paul Auster por la que el fútbol es el invento con el que los europeos nos odiamos sin necesidad de matarnos.

ARTEFACTO POLÍTICO

Como toda institución hegemónica, el Valencia CF también es un artefacto político. Desde su notoriedad se defendió la República y sus dos últimas grandes épocas deportivas (1979-80 y 1999-04) fueron instrumentalizadas con indisimulada impudicia en favor de posicionamientos políticos, en nombre de batallas identitarias y de grandes eventos. Un club de todos para las causas de unas élites. La política vuelve a merodear al club de Mestalla. Si importa su gloria, mucho más incumbe su drama. Por primera vez la política no responde desde la golosa tentación de vampirizar los títulos, sino que acude a un desmoronamiento que afecta a las instituciones en el cumplimiento de la legalidad y, de rebote, al tejido sentimental de centenares de miles de votantes de toda clase social.

Es probable que por primera vez, el intervencionismo político no colisione con el aplauso de la grada. Pero ni la evidencia de la peor gestión en un grande del fútbol europeo ha provocado un frente común. Estamos en las horas decisivas pero algunos, que lucen valencianismo, siguen sosteniendo alianzas incomprensibles para proteger defensas competenciales y salir de perfil, abriendo hueco en la barrera, en una foto en la que nos miran 102 años. Es imposible separar fútbol y política, pero todo paso en falso puede acabar volviéndose en contra de quien lo decrete, como en los abrazos de los goles de Mario Alberto Kempes en el histórico Mundial del 78.