Siempre hay una frase hecha a la que apelar para no pillarse los dedos. Está la de nunca se sabe. O la de que la esperanza es lo último que se pierde. Los más optimistas del lugar se mantienen firmes en la creencia de que España terminará remontando, llegando a la final y, puestos a pensar en positivo, levantando el título de la Eurocopa. Es un deseo basado en antecedentes como el del Mundial de Sudáfrica y en todos esos especialistas en ir a la italiana, de menos a más. Todo es posible, aunque con esta Roja lo que no parece es probable.

Desapego

Además de los muchos motivos que subyacen en los pitidos y la falta de empatía hacia los internacionales, hay una realidad del todo incuestionable: España se ha vuelto a desenganchar de la selección. Es algo que se nota incluso en el lobby que la acompaña, un continuo generador de debates artificiales desde el primer día de concentración. No hay nada ni nadie que se libre del aura de la sospecha en un equipo con poco oficio en la convocatoria y flojo en las áreas, bastante en la propia y demasiado en la rival. La sinrazón de mantener contra viento y marea a Morata contrasta con que a Luis Enrique ya no le quedan delanteros por probar. Que el único en jugarlo todo sea Pedri, en Segunda el pasado curso, habla también de un once sin espinazo en el que el remate es que los cambios no cambian nada.

Carencias

No hay nada peor a estas alturas que añorar a los ausentes, tanto a los que se han quedado en casa como a los que al estilo de Gayà no han salido del banquillo. A la selección se le han saltado las costuras, incluidas las del césped y esa más prosaica del montacargas o la escalera de tubo través de la que la prensa accede a la tribuna. Un retroceso a la España que creímos que ya estaba superada.