La gente suele decir que odia las despedidas, pero a mí me gustan bastante. Sobre todo las fiestas de despedida, porque no te comprometen. Sabes que esa persona estará a centenares de kilómetros al día siguiente y eso libera, no hay duda, porque relaja no tener que dar después la cara. Solo hay que ver a los futbolistas ahora tras el cierre del mercado. Lo que callaban cuando estaban y lo que rajan cuando se han marchado.

Cuando estuve de Erasmus se instauró en la residencia de estudiantes una bonita costumbre: la despedida hasta el amanecer. Aquel que se marchaba a su país al acabar el semestre notificaba su última fiesta por los canales habituales, una celebración simple pero efectiva que empezaba hacia la noche y terminaba al día siguiente, cuando se subía directamente al taxi que lo llevaba a la estación, escoltado hasta la puerta por los que todavía aguantábamos. Nosotros nos apuntábamos a todas las ‘goodbye parties’, y al escribir nosotros me refiero a Stefano -mi colega italiano- y yo, que debimos ofrecer un rendimiento satisfactorio al respecto durante todo el curso y jamás fallábamos en la lista de convocados. Porque era justo eso, como la selección española: simplemente nos convocaban. Era un honor. No podías decir que no. Acudías a la llamada.

De aquellas fiestas todavía recuerdo algunas ráfagas. Muchas veces ni siquiera sabíamos quién se iba, a veces solo nos sonaban de algo, pero tampoco importaba. Intuyo que nos invitaban porque dábamos ambiente a la habitación, como la alfombra de El Nota. Recuerdo estar abrazándome a personas altas que se desmoronaban en la matinal fresca junto a su maleta preparada, personas que lloraban a moco tendido porque se marchaban, y yo ahí preguntándome mientras quién era ese tío que me dejaba la camiseta manchada al posar su cabeza en mi hombro como si fuera una almohada. Ahora debo de salir en un montón de fotos ridículas repartidas por toda Europa, en el álbum de la exaltación de la amistad inventada, y habrá seres ya adultos que las volverán a mirar y pensarán quién es ese tío y de quién es esa cara, la última cara que vio en Suecia antes de volver a casa. Y soy yo, resulta que esa cara soy yo y no entenderán nada, pero bueno, ya lo he dicho antes: es que dábamos ambiente y simplemente nos convocaban.

A toda despedida le sigue un comienzo. Igual por eso lloraban.

Mi equipo nos regaló un comienzo de Liga memorable la semana pasada. Perdió 3-1 y luego el portero y capitán se puso a discutir con los que le llamaban gordo en Twitter. Con un inicio así muy mal se tienen que dar las cosas para no ser campeones a final de temporada.

Creo que todo el mundo quería su fiesta de despedida porque te sentías especial cuando la protagonizabas. Creo que ese es también el secreto del éxito de casi todo, ahora, aunque sea tan mentira como trampa. Hacerte pensar que no eres como los demás para venderte lo mismo que al resto. Hace poco vi en Twitter un vídeo antiguo de los hinchas del West Ham que, mientras perdían por goleada, cantaban a los aficionados rivales que no se sintieran especiales, que todo el mundo les ganaba. Diría que me representa esa grada.