Hace algo más de un mes mi viaje a Berlín sólo tenía un fin turístico y el de acompañar a un amigo que iba a correr el maratón. Circunstancias del azar, y no sé si del destino, me cayó un inesperado dorsal que ilusionó e intimidó a partes iguales. Soy un corredor novel, sin demasiada experiencia aunque tenaz, y descartar un reto como el que se presentaba no iba a entrar en mis planes.

Con un preparación más o menos decente Berlín nos recibió con un clima agradable. Conforme nos adentrábamos en la ciudad, cárteles, vallas, avisos de calles cortadas te sitúan en el escenario de que un gran evento espera. La capital germana se prepara además para vivir un domingo especial ya que el maratón coincide con las elecciones.

Los prolegómenos recuerdan constantemente que estamos ante un maratón de los considerados Majors. Para recoger el dorsal hay que acceder al antiguo aeropuerto de Tempelhof con una feria del corredor que ha atendido a los cerca de 25.000 participantes, cifra considerable teniendo en cuenta que es la primera gran carrera tras la pandemia.

Las nacionalidades son variopintas. Italiano, suecos, japoneses, franceses, holandeses, filipinos y por supuesto españoles. No es difícil coincidir con alguno de ellos paseando por la puerta de Brandeburgo o el famoso Checkpoint Charlie. Uno de ellos, nacido en Bilbao, me comenta que ya lleva más de 30 maratones hechos y que el de València es uno de sus favoritos. Siento orgullo por decirle que soy valenciano aunque algo de rubor al reconocer que éste es mi primero. Me anima y me dice que lo disfrute.

Tengo nervios e ilusión a partes iguales. Zapatillas preparadas y respeto, que no miedo. Este domingo es el gran día.