El reto se cumplió. Cruzar la línea de meta tras pasar la puerta de Brandeburgo en una de esas sensaciones difíciles de explicar y que cualquier corredor, si tiene la oportunidad, debe vivir. Si alguien, hace algo más de un año, me cuenta que iba a correr un maratón hubiera pensado que me tomaba el pelo. Con una organización excelsa, Berlín diseña una carrera en la que ningún detalle queda suelto. Excelente información a la hora de acudir al cajón, gran papel de esas figuras vitales como son los voluntarios y nervios, muchos nervios cuando sabes que ya no hay vuelta atrás y esperas paciente la salida.

En una prueba de esta envergadura he aprendido a valorar el apoyo de la gente. Transitar por los barrios berlineses te hace topar con familias, parejas de ancianos, niñas y niños, familiares de corredores, que con trompetas, tambores o una simple lata de refresco o una cacerola te empujan, mientras los más avispados hasta jalean tu nombre. La música es clave, y aunque soy propenso a los auriculares, me vi obligado a dejarlos al margen para disfrutar de las decenas de bandas de música que eran capaces de interpretar desde una canción dance actual hasta transportarte a los icónicos sonidos de jazz de Nueva Orleans.

Un ruido desgarrador por detrás enseña la dureza del maratón. Una corredora holandesa cae a tierra bloqueada muscularmente. Llegan los kilómetros de dudas y un corredor mexicano me despertó de esa peligrosa inercia. `Juan Manuel no pare. Ya lo tiene amigo, siga, siga´. Fue un resorte, un subidón. El empuje para no detenerme cuando mi cabeza había entrado en un bucle de cierto bloqueo. Llegar a la histórica Plaza de París y divisar la Puerta de Brandeburgo dibujó un escenario de emociones en el que te acuerdas de todo lo que ha costado poder llegar hasta ese momento. Ajeno al reloj, las piernas volaban y recordaba a mi inseparable compañero Fernando, a la familia que me seguía desde las distancia, a los compañeros de Velas Maraton, a los consejos de gran José Garay y el múltiple apoyo de gente desconocida que animó desde cualquier rincón detrás de una valla.

Una medalla ha caído. Ha sido la primera. No sé si de muchas. Gracias Berlín.