Vivimos en la plena eclosión de los documentales deportivos, de piezas de arte que muestran el día a día de los clubes y sus protagonistas desde cualquier prisma. La charla motivacional de un entrenador antes de un partido decisivo, la familiaridad de la estrella de un equipo saludando al personal de cocina en el laberinto de una ciudad deportiva que se despereza. La mirada retrospectiva para recordar a equipos de leyenda, con los primeros planos de los mitos ya envejecidos dispuestos a desclasificarlo todo. Cuando más cercana está la cámara, más honesta es la historia y más singularidad adquiere el retrato que se proyecta del club a una audiencia global.

En los últimos años se han facturado piezas tremendamente inspiradoras. Y sin embargo intuyo que ninguna de ellas soportaría la mezcla de tragedia y gloria de la obra que, pasa el tiempo, y parece que nos perderemos: el gran documental del Valencia, el club en perenne fase estromboliana. A veces me recreo en inventarios de posibles obras con mi equipo de protagonista, igual que los proyectos de novela que Albert Sanchis planea en «Noruega» para cartografiar la ciudad que se desmorona. Quisiera ver una reconstrucción de la temporada de segunda división en 1987, con los héroes del ascenso recordando el título invisible y más trascendental, con testimonios recuperados de Alfredo Di Stéfano y con el hilo musical de Cifu recordando a el Zulú en General de Pie. Desde un punto de vista más técnico, me encantaría que se exhumase la grabación imposible, la que no tuvo lugar, de Rafa Benítez en febrero de 2002 asegurando en un vestuario desbordante de carisma que sí, que iban a ganar la Liga, con el Madrid a diez puntos de distancia. O el momento exacto en el que Marcelino conoce la alineación del Barça en la final de Copa (Arthur titular, Arturo Vidal banquillo) y exclama que van a conquistar la Copa del Centenario con una autoridad que el equipo hace suya, barriendo a su rival en media hora de ensueño en una perfecta conjunción táctica y emocional. Un «último baile» sin música, no declarado, como culminación de unos diez capítulos extenuantes, con la racha de empates, el gol liberador de Piccini o la noche loca de Rodrigo. El minuto 93 como motor creativo. Un mediodía contra el Huesca, una noche de invierno contra el Getafe o, también, un primero de mayo contra el Sevilla.

Por supuesto, siempre habrá que volver a la liga del 71, capaz de generar libros, canciones y la magia del primer documental de Canal 9 en los años 90 sobre la gesta. Convocados por esa fuerza tratamos de homenajearla en el 50 aniversario Arturo Iranzo y quien escribe, sin apenas tiempo ni recursos, pero con el brillo en los ojos de Forment y Claramunt evocando el título de l’equip del poble, las raciones de sopa cubierta en Motilla del Palancar y las sesiones de cine en Madrid antes de embarcar en el coche cama.

El gran documental del Valencia tendría pinceladas de los de Jordan, Mourinho o Guardiola, y hasta algún plano tributo a The Office en La Deportiva, el reverso tenebroso del Bar Torino. Pero entre todos, el que más me interpela, por empatía y desamparo, es «Sunderland til’ I die» (Sunderland hasta que muera). Todas las miserias modernas de los clubes medios se reflejan en el documental, con una ciudad en crisis aferrada a un club de fútbol histórico que se derrumba. Una obra de gran profundidad sociológica pensada para relatar el regreso a Premier del equipo pero que acaba regalando escenas con el entrenador Chris Coleman quitando la nieve para poder entrenar mientras le desmantelan un equipo camino de su segundo descenso. «¿Qué es un club de fútbol? Un poco de unión, un poco de armonía», manifiesta entre cada palada y me imagino a cada entrenador bajo la administración Meriton masticando esa misma frase.

Pero ese «Mestalla til’ I die» necesitaría desplazarse para cobrar sentido unos 17 kilómetros, a la vecina Newcastle, enfrentada con Sunderland desde la guerra civil inglesa y protagonista del derbi más feroz del Reino Unido. Las manifestaciones de júbilo de los aficionados de las Urracas tras la venta del club a un fondo inversor de Arabia Saudí no casan, desde fuera, con la defensa del fútbol genuino y comunitario que asociamos a la Premier. Pero lo que los hinchas celebraban era haberse liberado por fin de la gestión de Mike Ashley, que ha empobrecido en tres lustros a un club clásico. Con la utopía de devolver al Valencia a sus aficionados como último punto de la hoja de ruta del mestallismo ilustrado, me temo que la salida de Lim con independencia del pedigrí bronco-copero del comprador sería un alivio suficiente para festejarlo en Mestalla, calles y plazas.