Es fácil ser hincha en la Premier League. La lejanía con el aficionado se compensa a golpe de talonario no ya entre el famoso Big-6, sino con equipos como West Ham, Aston Villa o Leeds United fichando jugadores a 30 millones por cabeza, la tarifa plana del jugón en las Islas. Inglaterra entendió antes que nadie que vender su producto a nivel global a través de sus conexiones culturales con medio mundo les daría un dominio difícil de alcanzar para el resto. Acercar al hincha de la India o Singapur a costa de alejar al de casa, que tiene eso sí el mejor espectáculo del mundo del fútbol a la vuelta de la esquina. Todas las demás ligas del mundo van a rebufo, buscando fórmulas para pelear por un trozo del pastel que parece perdido. La mayoría de ellas, basadas en captar clientes en las pocas zonas donde el campeonato inglés no sea (tan) dominante e incrementar así el ingreso principal de cualquier club de élite: el dinero internacional de la tele. De ahí el afán por convertir El Clásico en una marca propia, hipotecarse a CVC para inyectar un dinero que haga a LaLiga más atractiva desde ya y el poner partidos los lunes, los viernes o los sábados a las dos. Llevar la desafección a límites que los británicos todavía no han rebasado.

No vamos a solucionar en estas páginas un problema que los ejecutivos del fútbol llevan años buscando combatir. Todas las opciones de recortarle a Inglaterra en esta carrera de fondo pasan por o bien hacer lo mismo que ellos pero con varios años de desventaja o bien romper el tablero y cambiar las reglas del juego para solo unos pocos, algo también conocido como Superliga. Todas las fórmulas pasan por vender el alma al diablo, más allá de si tu máximo accionista vive a diez kilómetros del estadio o a diez mil. Y los aficionados nos tenemos que ir acostumbrando, si no lo estamos ya.

Contra la desafección reinante, toca aferrarse a todo aquello que genera sentimiento de pertenencia. Leo estos días las facturas pendientes a Bordalás, a ese único punto que separa su arranque de temporada del de Javi Gracia. Con cierto desdén, se habla de que solo la imagen es mejor, pero no los resultados. Como si sentir a tu equipo como propio fuera poco. Hay que dejar trabajar a los entrenadores, especialmente a los que te hacen subirte a su barco (o a su Bordaleta) desde el minuto uno. Un extra de crédito que el alicantino no parece tener. A más de uno se le olvida el trabajo hecho con Guedes, el apaño exitoso de Guillamón en el doble pivote ante la falta de fichajes o el buen ojo con un Alderete al que tenía bajo el radar hace tiempo. Bordalás ha recompuesto a un equipo roto, ha optimizado sus recursos y ha reconectado a una afición que no sentía a su equipo. Viendo lo que viene por delante, ese es el bien más preciado.