Los meses de verano con 13 o 14 años eran pensar en jugar a fútbol -en mi caso-, en apurar las tardes hasta que tocaba subir a cenar y en comprar esos cromos de LaLiga antes de que subiera el precio hasta el punto de tener que pedir un crédito para comprarlos (nótese la ironía). Lo que menos querías era que alguien te recordara que había que terminar los deberes antes de septiembre o cuántos días quedaban hasta que empezara el colegio. Y en clave Valencia creo que al aficionado le pasa un poco igual. La ATE, el fondo CVC, el proceso de venta o el estadio sin moverse al más puro estilo Sagrada Familia (chiste del compañero Vicent Chilet) deben cansar cuando lo que quiere todo el mundo es tranquilidad y que empiece el fútbol. Emocionarse por ganar, celebrar o enfadarse por un empate dependiendo del contexto y maldecir por una derrota buscando algún tipo de explicación. La gente realmente solo quiere eso. Por eso no entiendo que una propiedad que llegó asegurando, al menos por algunos de sus interlocutores, estar peleando por títulos en una década, no solucione los problemas extradeportivos con mayor celeridad. O al menos que los explique de mejor forma y modo.

LA DELANTERA

Una de las cosas que menos debate generaba tras el Valencia-Atlético de Madrid era que en base a la meritocracia deberíamos ver un poco más a Hugo Duro y a Guedes juntos. El primero porque tiene, al menos de momento, todo eso que no han demostrado Maxi Gómez y Marcos André hasta la fecha y es el gol entre ceja y ceja. El segundo porque cuando las cosas van mal sigue siendo el primero al que darle el balón y el último en bajar los brazos. Así pasó contra el Atlético de Madrid. Ojalá gritemos más eso de ‘tocó en Hugo Duro’ y menos lo de ‘tocó en la ATE’. Será buena señal.