La fascinación más singular del Valencia se aprecia en las finales por un título. Son tan escasas que en ellas comparece hambriento como un recién llegado y con el apetito festivo de un club humilde, porque cada brecha temporal convierte cada final en la primera para alguna generación. Nunca acaba de ser rutina, siempre hay descubrimiento, incluso para los que nos empapamos en Madrid, lloramos en Milán o para aquellos que guardan un álbum con papel celofán de Heysel, con ese añadido amenazante de no saber si entre saltos de 11, 15 o 19 años será la última final que presenciemos. El valencianista va a las finales con las pinturas de la primera y la última vez, pero además con el músculo social de una institución grande, contándose por decenas de miles, cargado de tradición y versos. Emocionado como un equipo revelación, pero con la autoridad de igualar en número a cualquier rival por hegemónico que sea y representando con la cara pintada con la senyera a la capital de un reino caído. Esa mezcla de nervio amateur y de grandeza convierte al valencianismo en un colectivo capaz de voltearlo absolutamente todo.

Con ese entusiasmo de día grande, creyendo en imposibles, el pueblo de Mestalla que rubricó Rafa Lahuerta desfilará este sábado para decirle «go home» a Peter Lim. Aunque los gritos traten de llegar a 11.000 kilómetros, la realidad es que Lim ya hace tiempo que no se mueve de casa, ya hace meses que de alguna manera ya es pasado. Solo falta por calcular la profundidad del cráter que dejará. Por eso será una marcha para reivindicar el Valencia que queremos en el futuro con la memoria tierna del Valencia que todos heredamos en su día, como siempre recuerda Martín Queralt. Una memoria de mil versiones, en la que habrá quien rescate una camiseta Luanvi con una droguería como patrocinador, banderas viejas y cánticos technicolor. Habrá quien detecte entre las últimas filas, siempre discretos, a Merchina Peris o a Forment, apoyado con el bastón crónico de la patada omitida en los relatos oficiales del salvaje Granada de Aguirre Suárez. Cada uno acudiremos con una misión. La mía pasa por preservar el recuerdo de mi primer Valencia, que me ha venido bastante a la memoria en el último mes, mientras veía desde la planta alta de un hospital el paso de aviones, vuelos migratorios de aves y hasta el Montgó en días claros, en espera de las buenas noticias de las dos personas que, en abril de 1984, me llevaron a Mestalla por primera vez. Esa fortaleza que nos habita a todos y que tan bien cuenta Sorrentino en su última película.

Será la marcha de un club, pero también la de una ciudad. Esta historia nunca se ha reducido al césped, siempre ha estado en medio la ciudad, la misma que en 1924 y 2019 vio marchar al valencianismo, fortalecido con la representatividad de los múltiples brazos de su procesión comarcal. Desfilaremos por el Valencia y, aunque no lo sepamos, también por el fútbol. En Mestalla se libra una batalla global, la del fútbol como refugio de tradición y fenómeno comunitario ante un negocio de fronteras líquidas e intereses opacos. Todo esto acabará como acabará, pero el ejemplo de organización blanquinegro, en la grada, en la calle, en los despachos, en el arte protesta y hasta en la contienda comunicativa internacional, ya es uno de los casos más inspiradores e imaginativos de oposición y resistencia ante un grupo inversor futbolístico. Poco se reconocerá y nuestro ánimo pirotécnico ayudará también a diluir el mérito, pero en la «Primavera de Mestalla» hay una esperanza para el fútbol. Desfilaremos por todos, también por los últimos colaboracionistas y por aquellos condenados por la hemeroteca y distraídos en otros puertos. El sábado hay una final y será inolvidable.