La prórroga póstuma en la que vive Mestalla desde hace 15 años ha servido para encumbrar un relato que se debería escribir solo, el de la mística de un estadio único. Antes de que el doblete de 2004 abriera la puerta a los nuevos bárbaros y al plan que nos ha abocado al feudalismo de Peter Lim, Paco Lloret fue el primero en elevar Mestalla y el mestallismo a una construcción literaria y sentimental. Con las grúas en marcha en Corts Valencianes, la acción colectiva de Últimes Vesprades propuso encapsular toda esa memoria. Desde aquellos escritos a contrarreloj, la liturgia de acudir al viejo e incómodo Mestalla ha acabado por ser, quizás, la última razón que evita la desconexión del valencianismo con una realidad en la que no se identifica. Queda Mestalla y la gasolina emocional del día de partido, la movilización por recuperar el club, la definición como club en el diálogo vigente entre comarcas y ciudad que persiste en las banderas de Gayà y Soler. Desprovistos de todo, queda lo sagrado.

Ya es demasiado tarde para seguir en Mestalla, para desandar el laberinto, para haber remodelado el estadio sin obras ilegales o para haberse trasladado a los cuarteles, que con gran visión propuso Bautista Soler padre, al que nadie hizo caso y cuyos terrenos el ministerio Defensa ahora prevé liberar. Pero se sigue estando a tiempo para potenciar los años de vida que le queden al estadio y que sirvan de impulso para el salto al futuro. El centenario del estadio en la próxima temporada debería convertir cada partido en un día de llenazo, fiesta y tres puntos. Doce meses para recrear en cada duelo la atmósfera de aquella semifinal contra el Leeds United y de las noches que tanto conmocionaron a capitanes ingleses como Carragher, que sigue recordando aquella primera visita del Liverpool en aquel Mestalla gritón y colorista de los años 90. Un año para conmemorar el estadio que vio debutar en España a Di Stefano, Pelé, Garrincha, Beckenbauer, Maradona, Baggio o Zidane. O que en 1925 ya tenía tan mala prensa lejos de la ciudad que intimidaba a la famosa selección italiana que había sobrevivido a la Gran Guerra. El Mestalla de las tres despedidas de Puchades, con dos homenajes como jugador y en su fallecimiento. Mestalla, mil veces Mestalla.

El estadio verticalísimo, urbano y rodeado de bares de fútbol catalogado por The Telegraph como el segundo mejor de Europa, solo por detrás del Westfalenstadion, catedral minera de Dortmund. Dicen de Mestalla que su anacronismo conecta poco con la cultura del entertainment y la «experiencia» del aficionado moderno, que además de ver el fútbol debe hacerlo cómodo, sin mojarse, consumiendo, interactuando, saludando la entrada de los equipos con más juegos de luces y menos pasodobles. Es el futuro, el progreso, nada que objetar. Aunque me gusta que Mestalla parezca una excepción en un sector en el que cada vez cuesta más identificar las singularidades de un estadio a tiro televisivo. Mestalla escapa a aquella sentencia del historiador Arnold Toynbee, que aseguraba que «la más consistente característica de las civilizaciones en decadencia es la tendencia a la estandarización y la uniformidad».

Con su sentencia firmada, sí se está a tiempo de que Mestalla quede como un espacio de recuerdo y memoria. Una misión plenamente compatible con sacar provecho urbanístico de los terrenos. Ahí está el ejemplo del Arsenal, que ha habilitado viviendas de lujo en Highbury, respetando el antiguo terreno de juego como un jardín comunal y preservando la fachada Art déco de tribuna, la misma que conoció como estudiante en Londres Luis Casanova. En todas las figuraciones vistas de cómo quedaría el viejo Mestalla, hasta la fecha, se borra el recuerdo de que allí hubo durante un siglo un estadio de fútbol. Y no queremos acabar como aquel viejo arquero loco del cuento de Galeano, que atajaba balones invisibles en los pasillos de un centro comercial, donde antes hubo un estadio. Mestalla es fútbol y es un siglo de arquitectura, con una fachada de Tribuna que resiste desde los 50, y es un siglo de historia de la ciudad. En Mestalla han dado mítines desde la Pasionaria a Aznar, su césped llegó a ser un campo de concentración y sus gradas el eterno punto de encuentro cada semana de tantas generaciones procedentes de todos los confines de la Comunitat.