Bordalás saldrá este sábado a la palestra en la previa del partido de Copa con todos los focos apuntándole después de que la teoría del consenso en los fichajes se haya caído por su propio peso. Pese a los esfuerzos propagandísticos por disimularlo y desviar la atención hacia otros sitios, son demasiados los dardos públicos y privados que el entrenador viene lanzando a Meriton como para aparentar que aquí no pasa nada...

Es cierto que Bordalás, muy cerca en el fondo, ha estado lejos en la forma de hacerse un Javi Gracia y no por falta de motivos o ganas. En la reunión del miércoles, escenificada para cargarle el muerto de Wass, la noticia no estuvo en la negativa a venderlo sino en que la cuerda se rompió al verse entrando por la puerta a Ferros, Olivas y Cutrones. Vuelve a repetirse la historia, lo de siempre. Promesas que no se cumplen con la esperanza de que esta vez acabe siendo diferente. Sin embargo, salvo giro radical, esta vez tampoco.

Con Lim desaparecido del mapa, sin cinco minutos para un zoom, la realidad es la de un técnico que ya se temía desde hace semanas que no vendría nadie. Alguien que, ofendido y oliéndose el percal, tiró de parabólica para que el recado llegase hasta Singapur. La idea del consenso está demasiado manoseada como para que salga bien. Y es también un concepto absurdo cuando la apuesta ha sido a todo o nada por un técnico sobre el que descansa la estructura de fútbol.

Alguien que por cierto tampoco está libre de muertos en el armario pero cuyo índice de acierto es sin duda mayor al del resto de piezas de un puzle en el que nada encaja. Sin una inyección económica ni una estructura profesional a la altura de las necesidades, las salidas de Jason, Piccini o Álex Blanco no dan para liberar el fair-play necesario. La política de la inversión mínima, la del ‘peligro, se vende’, continúa intacta. Ese es el gran problema. El Valencia no podrá volver a Europa si es a base de parches.