Destruir un equipo es más sencillo y rápido que un club. Construir un grupo que compita entre los cinco primero requiere sabiduría, tiempo y dinero. Tres actitudes que desde la llegada de Lim están ausentes en Mestalla. Cualquier director deportivo que se precie sabe que la columna vertebral de una buena escuadra de fútbol pasa por un guardameta seguro, un central solvente, un medio organizador y un goleador que asegure un mínimo de doce tantos por temporada. A partir de esas cuatro piezas esenciales se arma el resto con jugadores competentes, donde las figuras actúan como tal, y los otros suplen sus carencias con esfuerzo y compromiso.

Sin hacer mucha historia, que cada uno piense en cualquier once del Valencia anterior a la llegada de Meriton. Tampoco es necesario fijarse en el equipo de éxito de principios de siglo para saber que siempre se intentaron hacer conjuntos competitivos, con mayor o menor fortuna, tanto en etapas de vacas flacas como cuando hubo un poco de plata. Constantemente hubo oficio en Paterna, desde los primeros años de Pasieguito hasta Subirats, incluso estaría dispuesto a salvar al remolón Fernando Gómez Colomer y al pusilánime Braulio Vázquez. Con todos ellos se podía discutir su concepción de fútbol, pero todos tenía un plan, conocían las intenciones de la directiva de turno, además de los equilibrios presupuestarios y las fases de bajas, cesiones e intercambios.

Las últimas horas confirman que tampoco hay nadie al volante en la parcela deportiva del Valencia, que la entidad de Mestalla es incapaz de agitar el mercado de invierno, porque el estival hace tiempo que lo abandonó. La siempre apetecible estancia en el conjunto valencianista ha dejado de ser una alternativa para promesas con futuro y para experimentados peloteros en busca de estabilidad.

Así las cosas, se ha vuelto a dejar a la intemperie al técnico, el único que en la actual circunstancia ejerce con un poco de criterio. A Bordalás le ha pasado lo mismo que a Marcelino, y aunque sabe que el Valencia está muy por encima de sus actuales gestores, no dispone de argumentos para ejercer de entrenador, y muchos menos de portavoz de un club en cuesta abajo. Que el jugador con más minutos quiera, o pueda, irse significa que no hay nadie al volante.

Los que trajeron a Lim nos engañaron en todo, incluso en su alianza con el todopoderoso Jorge Mendes, que también ha dejado de creer en el proyecto deportivo del Valencia actual. Es lo que hay, solo queda cruzar los dedos, y señalar a los responsables que permitieron esta grave humillación.