Al Valencia le alcanzó con el corazón de sus jugadores y la cabeza de su técnico para salvar un punto que tal y como están las cosas hay que darlo por bueno. Sin embargo, nunca es plato de buen gusto ver cómo se pierde tiempo en casa cuando vas empatando, ni siquiera cuando es en el descanso y con un jugador menos. Con lo ocurrido anoche, eso sí, quedó claro que el desencanto es cierto que venía de largo pero que el estallido de Bordalás no fue espontáneo. El técnico reventó en vísperas de un carrusel de tres partidos claves en seis días y con un problema de efectivos que tal y como se vio es más grave que nunca. Esas son las circunstancias por las que se ha pasado de estar en disposición de asaltar el cuarto puesto a atascarse en tierra de nadie. Contra un Sevilla con suficientes ausencias como para meterle mano, la actitud volvió a ser el gran y prácticamente único aval. Con un once de circunstancias y plagado de mensajes tanto por los fichajes que no están como por los jugadores que en verdad es como si no estuvieran, el equipo fue capaz de inflamar el ambiente y de sobreponerse a un gol en propia a los seis minutos, a la lesión otra vez de Cillessen, a la expulsión de Gayà y a la roja de Rekik que habría sido clave

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A expensas de abrir el melón de Marcos André, convertido en un arma arrojadiza sobre la que alguien tendrá que acabar diciendo algo, el problema ahora no es que en el entorno del brasileño empezasen a hacerle ojitos a su salida por lo poco que juega. El problema urgente está en que en el de Maxi Gómez, que cambió por cierto de manera llamativa de agentes, se viene cocinando eso desde mucho antes. Con el uruguayo, al que se le ha dado todo y ha devuelto casi nada, está claro que la cuerda va a romperse, si es que no lo ha hecho ya. Pero en este momento de lo que se trata es de ver primero quién se queda el trozo más largo y luego si vale la pena hacer un nudo y arreglarla. El contador de fichajes sigue a cero pero hay movimiento: Okay, Mingueza y Wass. Habrá que esperar, sin embargo, para saber si son o no para bien, al menos hasta que Bordalás rompa su voto de silencio.