Llegan esas líneas que uno nunca hubiera deseado escribir pero que sabía que un día u otro habría que hacerlo. El Levante certificó su adiós a la máxima categoría de manera matemática. Se acabaron de cuajo las conjeturas, los cálculos, las falsas esperanzas…todo se fue de un soplo, porque eso es lo que que ayer aguantó el cuadro de Lisci en el Bernabéu. Era más que una cruzada lo que necesitaba ayer el equipo para tomar un bocanada de aire que no le hubiera sacado de la UVI, pero fue imposible. Un Real Madrid libre de presión y punzante en cada jugada noqueó a un bloque timorato que apenas mostró signos de dar batalla en los minutos de tanteo para consumar una derrota vergonzante.

El descenso estaba cantado hace muchas semanas aunque sí que es cierto que ha estirado mucho más de lo que podíamos pensar a inicios de año. Lo que realmente duele es que este Levante deja una categoría para la que tenía hechuras. Aferrado a la Primera División, Orriols vio la evolución de un club que aunque siempre ha usado el discurso de la permanencia por bandera, ya mostraba un traje más de gala, mirando por el retrovisor, a cada vez más proyectos inferiores en potencial deportivo y económico. El conformismo también ha acompañado en esta aventura y ha sido criticado, hoy es un anhelo imposible.

El Levante ha cimentado una generación de nuevos seguidores que han visto más a su equipo ante Real Madrid, Barcelona, Atlético o Valencia que el que suscribe esta página y que tomó como norma ver al Alcoyano, Olímpic de Xàtiva, Alzira o un Villarreal que nada tenía que ver con el actual. Con esa base social construida, el paso atrás a la categoría plata comportara seguro una pérdida de apego y seguidores, pero sin ninguna duda, con un efecto menos traumático que el que se pudo ver en otros descensos.

La plantilla actual no es de Segunda División pero sí ha merecido caer a ella. Una vuelta entera sin ganar era merecedora de esta triste condena. Una pena que no merece ningún levantinista ya que teniendo a priori la mejor plantilla de su historia el propio Levante se ha ido pegando tiros constantes al pie desde todos los estamentos. El Levante agarró el cartel de equipo insurrecto, incómodo para los grandes, valiente, un hecho real y que ahora se mira con nostalgia.

Tras la reflexión llega el momento de pedir responsabilidades. Servirá para más o menos pero ahora no hay que taparse y hay que dar la cara porque el famoso examen se acerca y como era previsible, el aprobado se ha quedado en las Antípodas. El Levante no ha descendido por Quico Catalán, pero el Levante sí ha perdido la categoría por muchas decisiones tomadas por Quico Catalán, que ha estado mal asesorado y cuya figura ha perdido mucho valor social. El suspenso es seguro se mire por donde se mire.

Con todo esto y en un día difícil, estoy convencido que el Levante se reseteará y volverá a su sitio, la Primera División. El club no está solo ni mucho menos. Tiene vida y como rezaban las camisetas de hace unas temporadas un futuro por conquistar. Llegan tiempos de rearme, de crítica pero sobre todo de cuenta atrás para el retorno. Aunque sea por los más de 350 aficionados que ayer vivieron la agonía en Madrid, por esas niñas y niños que solo han visto al Levante contra los mejores, por esas generaciones que están viviendo la Edad de Oro granota y que han sido testigos de momentos tétricos, por el orgullo que siempre ha acompañado a este club, por lo que cada uno quiera, pero desde ya, hay que empujar para volver a la Fuente de las Cuatro Estaciones, es el destino que se merece el levantinismo. Lo de esta temporada debe quedar como una pesadilla, un mal sueño que ahora toca padecer y poco a poco olvidar