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El Valencia de Roberto aún fue grande

Roberto Gil en un acto durante el centenario del Valencia CF JM LOPEZ

Roberto Gil vivió el Valencia cuando aún era muy grande. Roberto capitaneó el equipo como heredero de un excelso valenciano y valencianista como fue Antonio Puchades Casanova. Fue protagonista de un tiempo en que se pudo haber titulado musicalmente como “Pompa y circunstancia”. Vivió las conquistas de la Copa de Ferias y la de 1967, en la que todavía estaba en el palco el dictador. El Valencia, que ahora se recuerda no tiene sombra en que cobijarse porque con la administración de Lim todo es fuego amenazador. Pero lo importante no son solamente los títulos conquistados, sino el hecho de que aquel Valencia contó con jugadores inolvidables y que tanto los nacidos en casa como los allegados comulgaron con el espíritu que llevó el club de Algirós a Mestalla.

Roberto debutó, según recuerdo la noche del homenaje a Puchades. Creo recordar que a algunos espectadores no le gustaba quien podía ser el sucesor y demostró que el futuro estaba en su espíritu y sus botas. Su aparición quedó más que justificada con el gol que le marcó al Olimpique de Niza (5-1). 

Roberto estaba destinado a ser referencia durante años porque con Paquito formó una línea media que dirigía inevitablemente a Sendra (o Pasieguito) Puchades y llevó a las ultimas entre Baraja y Albelda.

Independientemente de los hechos deportivos de haber compartido vestuario como jugadores tan emblemáticos como Guillot y Waldo, Roberto hizo buenas migas con la mayoría de sus compañeros e incluso con Ricardo Zamora montó un restaurante al que pusieron el nombre de “El Conde”, apodo de un conocido dirigente valencianista.

Posteriormente, como entrenador supo divulgar el espíritu del club. A veces da la impresión de que en España no hay otra doctrina espiritual que la madridista y tal vez ello sea consecuencia lo que se perdió en casa. 

En la generación de Roberto como futbolista y aun su estancia en el banquillo se vivieron momentos gloriosos y también el primer gran desgarro sentimental con el descenso a Segunda. Roberto formó parte de la pléyade de valencianistas que dentro del club o en la grada como espectadores supieron luchar por la identidad que ya entonces estaba amenazada constantemente. De la mano de Arturo Tuzón, el último gran presidente de la entidad, Roberto ayudó a recomponer un elenco que de la mano de Di Stéfano y la suya, se puso recuperar la ilusión. En su faceta como secretario técnico, como captador de buenos futbolistas se recuerdan datos como el de Lubo Penev. En mi memoria está que Rafael Torres, director de una entidad bancaria en la que una serie de colegas teníamos nuestras cuentas, no se cansó de recomendar a Quique Sánchez Flores, su compañero en la defensa. El Madrid y el Atlético que lo tenían tan cerca, porque jugaba en el Pegaso, no lo supieron ver. Me hizo caso Arturo Tuzón y si lo captó Roberto. En aquel Valencia no se estiraba más el brazo que la manga y de ahí que sentarse de nuevo en Mestalla era satisfactorio.

La figura de Roberto no es solo la de un emblema deportivo. Es mucho más. Es la imagen de un Valencia que tuvimos y hemos perdido. Es parte de la luz que se vislumbraba debajo de la alas de nuestro murciélago. Con Roberto se ha ido el Valencia que hoy es solo ensoñación. Nuestro presente es tan enigmático, oscuro e incierto como el reinado de Witiza.

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