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Vicent Chilet

Rotonda Cavani

Ya hace nueve temporadas que Cavani se marchó de Nápoles. Y las pancartas y banderas que engalanaban la plazoleta lucen ahora descoloridas por el sol y raídas por el viento, el salitre, los años y la inevitable ausencia

Rotonda Cavani en Nápoles SD

Habíamos asumido que Edinson Cavani había aterrizado en el Valencia como en una especie de pueblo suizo con lago y exteriores de peli de tarde en el que preparar su puesta a punto para el Mundial de Catar. Como Romário calentando suavemente en Paterna pensando en el carnaval de Río de Janeiro. Mestalla como objeto indirecto de un anhelo más trascendente. Hay una parte simbólica de verdad. En ningún otro país una fase final de un Mundial se vive con tal patriotismo de club como en la pequeña y orgullosa Uruguay. Hablamos de la nación que, con Obdulio Varela de jefe, mandó callar a Maracaná en 1950 y cuyo uno de sus grandes pensadores, Eduardo Galeano, colgaba en la puerta de su casa un cartel, ‘Cerrado por fútbol’, desde el primer al último día que duraba un Mundial. En el diccionario charrúa de un Mundial no se admiten visitas, ni tampoco bromas. El asunto es serio.

Por eso, a las puertas de su última gran cita con Uruguay, en la decisión de Cavani de permanecer en Mestalla en el último parón de selecciones, para acelerar su puesta a punto, hay un mensaje que va más allá de entonar «la patria o la tumba» del himno nacional. Hay una voluntad de arraigo. La duda del Cavani post-Catar inunda tertulias radiofónicas y birras previas en días de partido. La misma duda que expresó el club con una contrapropuesta de contrato de 1+1 sujeta al cumplimiento de objetivos en la segunda temporada, poniendo a prueba el apetito del veterano goleador una vez pasado el Mundial.

La respuesta aparece fijándonos en el legado que deja Cavani en las ciudades en las que ha habitado. Y nos detendremos en Nápoles, que se parece más a València que París o Mánchester. Concretamente al nordeste de la ciudad, en las orillas del lago Lucrino, que fue un criadero de ostras en la época romana y también villa del senador Cicerón. En ese paraje descrito por Virgilio, la familia Cavani fijó su residencia durante su estancia en el San Paolo. Con el delantero uruguayo convertido en ídolo, la pasional afición napolitana quiso perpetuar su agradecimiento a Cavani con una iniciativa: homenajear con su nombre una pequeña rotonda frente a su casa. La Rotonda Cavani se extendió tanto en su uso popular que el municipio acabó adoptando oficialmente su nombre.

Ya hace nueve temporadas que Cavani se marchó de Nápoles. Y las pancartas y banderas que engalanaban la plazoleta lucen ahora descoloridas por el sol y raídas por el viento, el salitre, los años y la inevitable ausencia. Pero la Rotonda Cavani sigue inalterable, sin sucumbir al cambio de nombre por el de algún nuevo ídolo, siendo testigo de una huella. Con esto no quiero deslizar que Cavani acabará sus días mestallistas mereciendo un honor reservado, por ejemplo, a la plaza Luis Casanova, a la calle Tonín Fuertes en Benimàmet o a los 55 años de servicio de Espanyeta. Pero en el gesto de renunciar a los últimos amistosos con su selección por priorizar al Valencia hay una voluntad de compromiso que no se deberá pasar por alto cuando ya no tenga otro Mundial con Uruguay en el horizonte.

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