Opinión
La Reconquista del Ciutat
Es hora de reencontrarse con la esencia de lo que hizo grande al Levante. Aún se puede, pero no ha de pasar más tiempo

Joni Montiel celebra con De Frutos su gol en Anduva / LUD
Tres puntos y poco más. Es la lectura que dejó ayer el triunfo en Anduva de un Levante que arrancó bien pero sobre todo tras el descanso fue claramente a menos, sufriendo, achicando agua ante un Mirandés al que se le dio vida, excesiva, y que optó a por lo menos equilibrar el duelo.
La victoria fue de largo lo mejor, porque el final se hizo largo, casi eterno, como el penalti en diferido que convirtió Montiel tras el horrible lanzamiento errado por Pablo Martínez. El triunfo con todo esto no despeja dudas, todo lo contrario. Desconozco si va a liberar más al equipo de car al futuro, pero con la imagen de Miranda se ha complicado pensar en un ascenso.
La coyuntura es cierto que ha sido complicada. La derrota ante el Racing, el inicio de semana con Nafti, su posterior despido y la interinidad de Miñambres son excesivos factores para pensar en la estabilidad mental del grupo. Precisamente es ya de por sí sumamente extraño ver a un director deportivo sentado en el banquillo de un club que tiene como objetivo irrefutable subir a Primera División. Son muestras que agrandan las dudas, que incitan el debate y que desde luego alejan ese poso perdido hace años en el Levante de previsión, solvencia y consenso.
El famoso casting anunciado a inicios de la temporada por Miñambres fue lento y juicioso, y también, equivocado. Esa decisión a fuego lento en el que se quiso poner un toque de autor con Nafti ha salido mal. La decisión de despedir al técnico llegó tarde, porque tras la debacle en Andorra jugar la baza de superar al Racing en casa podía ser una inmolación como así ocurrió. Hacía tiempo que no recordaba un ambiente tan tenso en Orriols. La gota de la paciencia de la grada ya se ha sobrepasado. No es para menos. Pese al paréntesis que trajo el período estival y la llegada de la nueva campaña, la frustración del pasado curso ha salido a relucir y se ha mezclado con un inicio desesperante. La mezcla ha explotado y de nuevo los focos ya no han ido solo al banquillo, siempre el primer damnificado en momentos de crisis, sino también a la parte noble. El Consejo de Administración granota aspiraba a tener un año de cierta calma, de retorno a la estabilidad, pero no ha sido así.
Entiendo que pensar que otra vez se ha equivocado, ya no tan solo en la elección de un nuevo entrenador, sino en quién lo ha traído y en quien se ha confiado un proyecto de esta envergadura, debe hacer florecer un sudor frío. Y es que este año la apuesta casi ha sido al todo o nada. Lo deportivo ha prevalecido sobre lo económico, no hay que olvidarlo. Miñambres, más allá de que estuviera dirigiendo al equipo, ha dibujado al Levante del presente y del futuro, para bien o para mal y el club se ha encomendado a él. Los próximos meses dictarán si hay o no un cambio de tendencia respecto a estas últimas etapas en las que la involución es una constante.
Ante el Leganés el Levante volverá al Ciutat una semana después del desaguisado sufrido frente al Racing. Lo que debía ser el mejor reducto para el equipo, puede ser un manojo de nervios para los futbolistas si no rinden. El seguidor granota quiere siempre que gane su equipo, pero es lícito que muestre su malestar. Aunque el clima ideal es llevar en volandas a los suyos, el equipo debe ganarse ese favor y debe saber gestionar con profesionalidad el cabreo de su gente. A poco que le dé, el levantinismo estará ahí, como siempre. Es momento de reconquistar la ilusión, de reencontrarse con la esencia de lo que hizo al Levante un club envidiable de gestión y resultados. Aún se puede, pero no hay que dejar pasar más tiempo. Y no es cuestión de promesas, es momento de hechos.
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