Opinión | La Contra

‘No surrender’

Nos acurrucamos en los recuerdos para hacer más llevadero el presente

Julián Calero en su presentación como entrenador del Levante UD

Julián Calero en su presentación como entrenador del Levante UD / MA Montesinos

Nací viejo. Me dicen en casa que no solté la primera palabra hasta casi los dos años, que me reía como un señor mayor y que -esto lo aprendí por mí mismo- me llevaron a un estadio donde olía a puro, a cabreo macerado durante décadas y donde no había otros niños con quien jugar. El jardín de mi infancia, aquel Orriols de los 80, era en realidad el patio de un geriátrico. 

Nací viejo y el Levante me hizo más viejo todavía. Como la infancia forja el carácter, es por culpa del Levante que siempre me ha interesado más el pasado que el futuro. El pasado, que es circular y siempre regresa, es una dimensión muy útil. Observar la realidad desde el pasado te protege de casi todo, incluidas las expectativas desmedidas y los mesías que vienen a alumbrar una nueva era. Ubicarse en el pasado te ayuda a calibrar y dimensionar. Casi nada sucede por primera vez. El pasado nunca pasa, que decía Faulkner, a veces ni siquiera es pasado. En eso pienso, con ese argumento me protejo de la ilusión y de la épica de la primera rueda de prensa de Julián Calero.

El pasado nunca pasa -en eso pensaba también este miércoles- y los ídolos nunca mueren. Por culpa de mi equipo los únicos estadios de primera que piso últimamente no acogen partidos sino conciertos. Los ídolos nunca mueren. En eso pienso sentado en el Metropolitano, allá en el voladizo, cuando en la segunda canción Springsteen me despierta con un grito: «No retreat, baby, no surrender» -Sin retirada, nena, sin rendición-.

La industria de la nostalgia es un negocio muy lucrativo. Somos capaces de recorrer kilómetros, de quemar ahorros y días de vacaciones para asistir a un «concierto de leyenda» (dicen las crónicas). En realidad, no va de él, sino de nosotros (casi todo va de nosotros). No va del espectáculo de un septuagenario de voz cascada, sino de constatar que aquello que nos hizo felices sigue en su sitio, aunque cueste 120 pavos entrar a ver al héroe de la clase obrera

La industria de la nostalgia lleva años exprimiendo, también, las pasiones inflamadas del fútbol. No hay periodista deportivo que nos ahorre un recopilatorio de sus imprescindibles artículos; pensador que no nos ilumine con sus reflexiones a pie de campo; editorial que resista la tentación de sacar su colección de ‘hooligans ilustrados’. Los granotes tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Hemos fabricado más pasado del que podemos consumir; hemos contribuido a la burbuja editorial (más por necesidad que por codicia, diré en nuestra descarga). En eso pienso, también, cuando hablo con Felip Bens, decidiendo si ampliamos y reeditamos nuestro «Histories del Llevant», ahora que cumplimos 115 años y el presente vuelve a ser un páramo del que huir.

La nostalgia es un refugio contra la incertidumbre, pero también es una trampa. Nos acurrucamos en los recuerdos para hacer más llevadero el presente. Es placentero, como todos los narcóticos, pero también es autodestructivo. La resignación siempre es un lastre pegajoso que te atrapa y te impide avanzar.

Quizá por eso, aunque duela, este momento requiere más presente y menos pasado. Menos libros y más exigencia; menos yunques y más ‘No surrender’. Aunque sepamos que no hay ídolos infalibles, aunque hayamos escuchado muchas veces el mismo discurso de presentación, y aunque solo nos quede reírnos de nuestras contradicciones. 

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