Opinión

Regreso a la final de nuestras vidas

La final de 1999 enseña que el Valencia acaba llegando a buen puerto atravesando desiertos

El valenciansmo celebrando aquel título

El valenciansmo celebrando aquel título

Me fascina aquella gente con tanto flow que actúa en la vida real como si una cámara les estuviese enfocando constantemente. Es un tema recurrente de conversación con el amigo Voro Contreras, cuando vemos a Noel Gallagher siendo el único aficionado de toda una grada del Manchester City que no sigue el ritmo de la llamada “The Poznan”, el festejo de abrazarse y saltar conjuntamente de espaldas al terreno de juego.

Es el carisma de Paolo Sorrentino haciendo acto de presencia en el Festival de Cannes, dominando toda la escena con sonrisita de canalla con mucha calle, emulando a su alter ego Jep Gambardella en la fiesta de una terraza de Roma. Hay quien desayuna y despliega el periódico como si fuese un extra de Mad Men en una cafetería neoyorquina. Es un arte, nada sencillo, el de cumplir con ese reality no escrito. El Valencia de la final de Copa de 1999, de la que hoy se cumplen 25 años, fulminó al Atlético de Madrid en una representación tan bien acabada, tan redonda y llena de plasticidad y tan tiránica, que bien parecería que, más que un partido de fútbol, aquella final en la Cartuja fue una superproducción de Hollywood.

Cada pase, cada gesto, cada cántico, cada gol “realmente increíble” del Piojo López y Gaizka Mendieta formó parte de un guion impecable. El voleón de Claudio en el primer tanto. El control de Mendi emulando a Pelé en la final del Mundial de Suecia 58. La carrera supersónica del Piojo en el tercer tanto, la rúbrica final enfocada en ese primer plano de TVE, en los ojos llorosos del pibe inmortal y de Farinós. La sonrisa inolvidable de Ranieri.

“Todo fue como si alguna vez lo hubiésemos soñado”, recuerda el Piojo a Pascu y Pau en la preciosa portada de hoy moldeada por Xavi Sepúlveda. El viaje a la final perfecta. Los detalles de aquella noche de entresiglos en Sevilla conectan con cada momento de la historia del club. Es la Copa que rompe con la peor sequía sin títulos de la historia del Valencia. Es el primer escalón, como siempre nos enseñó la Copa, hacia una de nuestras épocas de dominio hegemónico, breves e intensas como una tormenta de verano.

La final de 1999 es la final de nuestras vidas porque sólo otra final, la de 1954 contra el Barcelona (3-0), puede emularla en exhibición futbolística. Fue el despliegue festivo, colorista y multitudinario de las finales que le precedieron, encaradas con la euforia de la primera vez, desde aquel desplazamiento en barcos, trenes y hasta en burro a Montjuic en 1934. Las senyeras confundidas entre la humareda de la pólvora como en las finales en Madrid en 1971, 1979 o 1995. Fue la final perfecta porque, como pasó con nuestros padres, madres y abuelos, antes de ganar aprendimos a perder. Antes de levantar al aire la Copa de la Cartuja encajamos la derrota en la final del agua.

Antes de ver la zancada de Kempes Superstar ante el Madrid, digerimos tres derrotas seguidas en 1970, 1971 y 1972, calcando la maldición de los 40. Hemos perdido más de la mitad de las finales disputadas, algunas en circunstancias dramáticas, acumulando combustible suficiente para levantar leyendas dulzonas de glorificación de la derrota. Pero caer en una o diez finales no nos incita a la tentación literaria del mito del “pupas”. Rechazamos la derrota pese a habernos consolidado como perdedores expertos e insistentes. Siempre perdemos, pero no nos damos por aludidos. A los penaltis fallados en San Siro respondimos con cabezazos a la escuadra en Málaga.

La final de 1999 enseña que el Valencia acaba llegando a buen puerto atravesando desiertos. La soledad de los 19 años sin títulos y un descenso entre medias es, hoy, la decadencia de la década de Lim no interrumpida ni con la Copa del centenario. Desplieguen este ejemplar de coleccionista en en el almuerzo, con seguridad y aplomo, como si les estuviese enfocando una cámara, como si supiéramos que este club acaba siempre despertando de sus peores pesadillas.

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