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Opinión

Lo más divertido

En las alturas de Mestalla, uno no se pregunta por qué ha ido ni cuándo podrá volver

Protesta de Mestalla contra Peter Lim

Protesta de Mestalla contra Peter Lim / JM López

Tengo 36 años, aunque podría tener 37. De hecho, una compañera nueva en la oficina me preguntó hace poco cuántos años tienes y estuve a puntito de responder que 37. Si no lo hice, supongo, es porque entonces empezaría situarme mentalmente en los 38 y eso sí que no. Todavía es pronto para eso.

Viajo constantemente hacia adelante, no por un deseo de huida del presente, a mí el presente me encanta -tengo todos sus discos, diría aquel protagonista de aquella serie-, sino porque me aterra no controlar las vidas que me acechan. Las mías, digo. No voy solo en este vagón, lo sé, las consultas de psicología están llenas de viajeros en el tiempo. Mientras escribo esto, por ejemplo, me acuerdo de que el próximo partido en casa no estaré en Mestalla -aprovecho para avisar a mi hermano de la falta- y acudo a revisar el calendario entero del equipo para calcular cuándo regresaré, cuántos domingos más me ausentaré hasta la próxima primavera.

Compruebo, con pesadez, que habrá un puñadito de compromisos de los llamados ineludibles y otro puñadito de fines de semana que a saber cómo me las arreglo para poder ir al campo. Reparo, sobre todo, en las últimas fechas del campeonato y me pregunto qué infiernos estará tratando de salvar el equipo entonces, y si yo podré estar ahí, desde mi butaca, dando voces como si mi voz importara.

Lo curioso es que muchas de esas ausencias serán a causa de planes mucho más felices que un partido contra el Leganés, pongamos por caso. Sé que cuando llegue el momento asumiré la condición adulta de elegir entre lo que se debe y lo que no, incluso entre lo que conviene y lo que no, y prestaré mi abono. Y seré inmesamente feliz y no pasará nada; miraré discretamente el resultado en el móvil, seguramente con una mueca de disgusto, y volveré a guardarme mi pequeña enfermedad en el bolsillo.

Pero eso da igual desde el presente en que realizo la prospección, donde se equiparan un viaje a ver la aurora boreal y un gris empatito de febrero. Siento el pinchazo de la pérdida. Sé que gran parte de mi duelo no se debe al encuentro en sí, sino a perderme el ritual de ascender hasta el tercer anillo con mi hermano y contarnos la vida desde el techo de la ciudad, pero ese es otro tema, aunque puede que sea el único tema que importe.

En el extraño y alucinante ensayo Literatura infantil, Alejandro Zambra se adentra en la tristeza futbolística. Plantea que para la generación de nuestros padres, la derrota de su equipo era el único hipotético en el que se les permitía asomar su tristeza. La única brecha en un sistema de valores masculinamente granítico frente a las desolaciones mundanas. En ese mismo capítulo cuenta la historia de una relación en la que él, el escritor, hubo de amagar su afición futbolera por puro enamoramiento de una chica que detestaba el balompié. En el capítulo flota esa ansiedad ante la constatación de que en el estadio pasarán muchas cosas, algunas futiles, otras tan bellas como la clasificación a un Mundial, y el protagonista no estará allí.

Ocurre que, al mirar atrás, la tristeza cambia de campo: cuando ojeas el calendario ya pasado te das cuenta de la sesión de tarde que os negaste, el cumpleaños al que faltaste, el paseo con cerveza bajo el cielo más espléndido del otoño que suspendiste. Para ver a tu equipo. Cuando te haces cargo de esa mochila eres ya un cliché, un tópico literario. Fiebre en las gradas, blablablá. Y más aún cuando piensas que a veces ni siquiera se trataba de un partido en casa, era una simple transmisión. Esas pequeñas mezquindades te van construyendo y hasta acabas aburriéndote un poco de ti mismo. Leí hace unos días un informe en este diario que me dio pánico: el número de jornadas en descenso del equipo triplica las que ha ocupado plaza de Champions League en el último lustro. Pensé también en todas esas jornadas en las que ni siquiera se luchaba para evitar el hundimiento: las batallas sin causa, las horas y horas de pura nada que, todas juntas, quizás sumen temporadas enteras de vacío. Y yo, que estuve allí, oigo retumbar entre los parietales el clamor de una hinchada: tonto, tonto.

Tampoco es para tanto. En realidad, entre esas dos tristezas se vive bastante bien. Acomodarse en la butaca, en el respiro de ese presente: la charla distendida, hablando del tercer central o de androides japoneses, con la mirada oblicua hacia el fondo del volcán, distraida con la pelota. Allí arriba uno no se pregunta por qué ha acudido ni cuándo podrá volver. Y si en algún tiempo muerto ocurre, si aparece uno de esos interrogantes de engorroso existencialismo, qué hago yo aquí, por ejemplo, uno se lo sacude como Carolina Durante: joderme la vida (un poco). Es lo más divertido.

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