Opinión
Radicalización
No es el fútbol, es la sociedad, y las discusiones sin sentido, por cualquier cosa, nos llevan (a mí no, aún…) a las manos

Fanáticos de Peñarol cometen actos vandálicos en Río de Janeiro / EFE
No lo entiendo, como nunca lo entendí antes: la violencia radical en el fútbol, pero no en el campo sino fuera de él. Si recuerdo, cuando jugaba, con 18 años en tercera regional (ojo al dato) estar en un terreno de un lugar cercano a Valencia, y que, a la vista de cómo se iban poniendo las cosas, faltando 5 minutos, el árbitro optó por acabar el partido que se disputaba.
Nos indicó a todos los jugadores que iba a hacerlo, ya que el equipo de casa (nuestro adversario) iba perdiendo y los ánimos estaban que se subían por las paredes. Todos los insultos no solo iban por el pobre juez de la contienda, sino también hacia los (pobres también nosotros) contrarios, ergo mis compañeros y yo.
Nuestro capitán nos dijo que saliéramos, nada más pitar el trencilla, corriendo hacia los mínimos vestuarios que ahí existían y que cogiéramos todas nuestras posesiones y subiéramos, sin ducharnos ni cambiarnos, a los coches. Yo no tenía vehículo, pero si cabeza, y me lancé de inmediato a recoger lo poco que tenía (una bolsa de deportes, donde metí el vaquero, camisa, y otros elementos de vestir, y corrí hacia el coche que me correspondía y que me había traído.
Hablamos del año 1978 y, ahora lo recuerdo por dos incidentes que me dan pavor, y aunque la violencia existía antes, no dejo de sorprenderme cada día. No es el fútbol, es la sociedad, y las discusiones sin sentido, por cualquier cosa, nos llevan (a mí no, aún…) a las manos. Los dos hechos de los que hablo son la semi final de la Copa Libertadores, entre Botafogo y Peñarol, dos históricos sudamericanos.
Los cariocas recibían a los uruguayos y, antes del partido (si hubiera sido después, cuando Botafogo goleó por 5-0, no quiero ni pensar las consecuencias…) hubo desde lanzamientos de cohetes de fuego al hotel de Peñarol, hasta una batalla campal en una playa de Río, con quema de autobuses, sangre por doquier y detenidos (hinchas del club de la Plata, sobre todo). Las imágenes son pavorosas, como todas las de violencia deportiva.
Pero, no contenta nuestra semana con esto, se supo también que cuatro veinteañeros fueron arrestados por la policía española, tras haber podido averiguar ésta que los pimpollos se dedicaban, en las redes sociales, a atizar a Vinicius Jr. y a promover una campaña contra éste, para acudir a insultarle al estadio del Atlético de Madrid, cuando se produjera el partido contra el Real Madrid.
Arrestados en Río, y también en Madrid, por hechos que, si bien no son de la misma índole, si respirar idéntico mal olor: el desprecio por el otro, por el contrario, o por el diferente. No me vengan, por favor, con cantar ahora Imagine, la canción por excelencia para estas y otras desgracias. El bueno de John Lennon cuando imaginaba una tierra sin fronteras, todos hermanos y buenos unos con los otros, era un incauto. Estudié inglés con esa canción y me creía, allá por mi adolescencia, sus palabras.
Pero, después de crecer y hoy, por supuesto, solo veo una salida: educación, educación y educación. Que se enseñe, y enseñemos en casa, que todos iremos al limbo, un día u otro, y que la igualdad absoluta es esa, por lo que no debemos meternos en charcos inútiles. Sé, y se me dirá, que es imposible llegar a ese mundo que Lennon nos cantaba.
Sin embargo, no me doy por vencido y espero que Vds. tampoco y que lo que pasó en Río o en Madrid, o la carrera despavorida que tuve que hacer 46 años atrás sean hechos cada vez más raros. No pretendo que cambie el ser humano, porque no es mi responsabilidad, pero sí es la nuestra poner el granito de arena necesario para educar.
El fútbol, que ya tiene bastantes flancos en los que luchar, no puede ir por estos derroteros, que no son nuevos, no seamos crédulos sobre un perfecto mundo anterior, pero sí cada vez más conocidos y, si se me permite la expresión, rebotados por los medios que hoy sí existen y que hacen que se conozcan y, quizá, se copie con mayor volumen y contundencia que antaño.
Espero poder llevar pronto a mi nieto, que cumple en una quincena su primer año, al fútbol y que solo tengamos que preocuparnos por el resultado y, también, por el juego desarrollado, pero no quiero que esté en medio de tanganas o incluso más. Mientras, y para que veamos que no hay nada nuevo bajo el sol, recomiendo «La vida secreta de los romanos», de Michael Sommer. Disfruten y cuídense.
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