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Opinión

La muerte del presidente

Francisco Almenar Quinzá

Francisco Almenar Quinzá / Real Academia de San Carlos

Durante muchos, muchísimos años, las obras historiográficas dedicadas a relatar la vida del Valencia CF solían detener bruscamente en 1936 la narración de las peripecias del club, realizando un llamativo parón que se prolongaba hasta la primavera de 1939 y que se justificaba mediante la taxativa afirmación de que durante la guerra no se había jugado a fútbol. Hoy conocemos, gracias al trabajo iniciado por el profesor Juan Antonio Mestre hace cuatro décadas y proseguido por diversos historiadores y divulgadores, que esta negación de una realidad evidente, constatable con la mera lectura de los diarios de la época, respondía al intento de deslegitimar y, en última instancia, borrar del recuerdo la actividad desarrollada en Valencia en ese período.

El acontecimiento que los narradores utilizaban para cerrar la considerada primera parte de la historia del Valencia era una nota luctuosa, que actuaba intencionadamente como preludio del gran drama bélico que estallaría en julio de 1936: la sorpresiva muerte del presidente del Valencia Francisco Almenar el 7 de marzo de ese mismo año. 

Almenar, de sesenta años, había accedido por segunda vez a la presidencia del Valencia (tercera, si consideramos un breve paso, con carácter accidental, por el cargo en 1929) en noviembre de 1935. Su pedigrí era impresionante. Arquitecto de prestigio y personalidad de gran relevancia en la ciudad, Almenar era, en lo relativo al Valencia, un admirado hombre de consenso: no solo había sido el arquitecto responsable de la edificación de Mestalla (y de su hermosa tribuna en 1927), sino que además había dirigido con rectitud y acierto el club, llevándolo por primera vez a una final de Copa en 1934.

El relato de la muerte de Almenar es, como el resto de trágicos fallecimientos que jalonan nuestra historia (Bonora, Santacatalina, Walter, Peris, Rafa, etcétera), corto e impactante. “En la noche del sábado”, contaba Luis Casanova a Jaime Hernández Perpiñá muchos años después del suceso, “nos fuimos paseando Paco Almenar y yo hacia su casa. Él se entretenía de vez en cuando, cosa rara, ante algún escaparate, pero nada hacía presagiar que dos horas más tarde iba a fallecer. Le dejé en su casa, me fui a la mía y poco después me llamaron por teléfono para decirme que Paco había muerto”. La prensa del 10 de marzo explicaría que Almenar había fallecido de una angina de pecho, en vísperas de un Osasuna-Valencia, mientras leía la prensa. Y que los jugadores, consternados por el óbito, habían regresado apresuradamente a Valencia tras lograr una gran victoria en el campo de San Juan.

Avanzado el mes de marzo, la directiva del club hizo pública una nota mediante la cual nombraba presidente interino a Casanova y exoneraba a los herederos de Almenar de las obligaciones que había contraído con el Valencia. Unas semanas más adelante, tras la elección de Rafael Bau como máximo mandatario del club, se anunció que el club erigiría un busto al fallecido mandatario en el interior de Mestalla. Sin embargo, el estallido de la guerra sepultó aquella noble iniciativa. Y también el recuerdo de Almenar, el, posiblemente, mejor dirigente del club en sus primeros veinte años de vida. 

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