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Opinión

Los Milego

La reciente muerte de Octavio Milego Alonso, único hijo varón de Augusto Milego, fundador e impulsor del Valencia, me entristece profundamente

Augusto Milego, caricatura y foto

Augusto Milego, caricatura y foto / Cabedo Torrents

La reciente muerte de Octavio Milego Alonso, único hijo varón de Augusto Milego, fundador e impulsor del Valencia, me entristece profundamente. Octa, como lo llamaban sus familiares y amigos, fue un apasionado valencianista desde la cuna. No era para menos. En el hogar de los Milego Alonso siempre se respiró un hondo y sincero amor por el Valencia, sentimiento que Octa llevó consigo a México cuando las circunstancias de la vida lo empujaron a emigrar. Desde su residencia en el DF, me cuenta Vicent Chilet -el periodista que más lo trató y mejor lo conoció-, Milego jamás dejó de seguir y animar al equipo de su vida. Aquí volvía con frecuencia, a veces para encabezar actos tan emocionantes como la celebración del Centenario del club que creó su padre.

Milego procedía de una familia consagrada a dos vocaciones: por un lado, la docencia, carrera que ejercieron el patriarca familiar, el profesor krausista Saturnino Milego, y varios de sus hijos: Julio, Alfredo, Mercedes, César y Augusto; por otro, el desarrollo y consolidación del fútbol en Valencia, un entretenimiento aparentemente fútil pero que casaba a la perfección con uno de los propósitos de la educación moderna: la formación integral del alumno a través, también, de la actividad física. Los hermanos medianos de la saga, Octavio y Alfredo, fueron los dos abanderados de este interés por el balompié desde los heroicos días del Godella, equipo creado al calor del torneo de la Exposición Regional y que acabaría transformándose, en diciembre de 1911, en el Deportivo Español.

El Deportivo, cuya peripecia histórica merece ser contada con detalle, cubrió en dos etapas (1911-1915 y 1917-1919) un período francamente difícil para el fútbol valenciano, entre la desaparición del primer Valencia y la fundación del actual. Sin terrenos de juego homologables a los que existían en otros rincones de España y con una Federación ausente, los “equipiers”, unos críos, peloteaban en condiciones heroicas y trataban de contagiar su entusiasmo a sus familiares y amigos. Los hermanos Milego, hombres-orquesta, encabezaban este pelotón de heraldos del deporte de importación: Alfredo y Augusto, presidente y vocal del club, organizaron incansablemente partidos dentro y fuera de Valencia con la esperanza de que la mecha prendiera. Para ello tejieron alianzas con otros locos del balompié. La más importante, la forjada con el Sagunto, llevaría a los Milego a la órbita del colegio salesiano, donde bebieron del magisterio del padre Guillermo Viñas.

Parece evidente que cuando en 1918 Augusto retornó al Deportivo junto a Gonzalo Medina ya tenía claro qué club aspiraba a dirigir: uno que capitalizara la actividad deportiva en Valencia y pudiera hablar de tú a tú a los transatlánticos del fútbol español. La muerte de Luis Bonora aceleró el proceso, permitiendo que el Deportivo se transformara en el Valencia. Un tercer hermano, Alberto, ayudó calladamente en la organización de la sociedad. En paralelo, Augusto puso en marcha el Colegio de Árbitros, herramienta indispensable para el desarrollo de nuestro fútbol. Y en 1923, Alfredo fue escogido presidente de la Federación Levantina -más adelante Valenciana, tras la separación de los equipos alicantinos y murcianos-, cargo que desempeñaría hasta su dimisión en 1926. 

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