Opinión
El chico de la foto
Doce niños de la barriada de San Jorge, extremo sur de Valencia, decidieron formar un equipo. Lo llamaron UD Las Palmas

El chico de la foto / sd
Desde hace años atesoro como una joya una fotografía amarillenta y parcialmente cuarteada en sus márgenes. La imagen está tomada en el antiguo recinto del Ejército del Aire de Valencia, hoy segmentado en varios espacios de propiedad municipal, y llama la atención por su sencillez: su único protagonista, un crío de veintiún años vestido de soldado, sujeta un balón a espaldas de la caserna del acuartelamiento mientras mira con timidez a la cámara.
Aún hoy, cuando acaricio el cartoncillo revelado a finales de los sesenta, sigo viendo en el muchacho al adulto en que acabaría convirtiéndose. Y creo escuchar una voz, apagada hace demasiado tiempo, en el trance de iniciar por enésima vez un relato con el fútbol como protagonista. A veces es aquel en el que el narrador explicaba sus visitas a Mestalla para, junto a su querido hermano, vibrar con el juego de Claramunt o las victorias del equipo de Kempes, de Diarte, de Solsona. Otras, el de los viajes a la provincia de Cuenca como directivo de la Unión Deportiva Benetússer para disputar eléctricos partidos de la Regional valenciana de los setenta. En ocasiones especiales, mi favorito: el que trasladaba con pasión la emoción del niño que soñaba con jugar en el Valencia.
Quizá por todo ello, cuando hace unas semanas visitamos a Paco en su casa de Sedaví, no pude reprimir la tentación de pedirle que me contase cómo recordaba las aventuras futbolísticas que compartió con mi padre hace más de sesenta años. El viejo compañero de travesuras infantiles y quehaceres adultos esbozó una sonrisa y desandó el camino de la nostalgia: atraídos por el anuncio de la llamada Olimpíada Infantil del Valencia CF (esto es, una competición de captación de talento juvenil), doce niños de la barriada de San Jorge, en el extremo sur de Valencia, decidieron formar un equipo. Lo llamaron Unión Deportiva Las Palmas y se procuraron unas camisetas azules y negras (llamativa elección que siempre he querido atribuir a la fascinación por el Inter de Suárez y Mazzola) y unas botas que pagaban semanalmente al zapatero. Rebosantes de ilusión, disputaron su primer y único partido en la competición contra una selección de jugadores de Torrent. Los destrozaron. Al término de los noventa minutos, mientras abandonaban entre lágrimas el terreno de juego, el gran Manolo Mestre se acercó y los consoló, diciéndoles algo así como que todo en la vida era relativo y que había que volver a intentarlo.
«Pero la cosa no acabó ahí», relataba Paco con gracia. Una vez repuestos del mazazo, y con el íntimo convencimiento de que ninguno de ellos acabaría jugando en Mestalla, empezaron a recibir desafíos de equipos de L’Horta. A veces de Silla; otras, de Catarroja. Sobre un improvisado campo trazado en el lecho del todavía inconcluso Plan Sur, los niños de Las Palmas marcaron goles, celebraron triunfos, se enzarzaron en peleas con sus rivales y, sobre todo, afianzaron su amistad gracias al deporte. «A veces nos jugábamos el almuerzo. Imagina qué felicidad», me contaba Paco, «cuando ganábamos».
El chico de la foto, que nunca dejó de vivir intensamente el fútbol, hubiera cumplido hoy setenta y ocho años.
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