Opinión
El momento perfecto
Con todo, no hay nada que se me antoje excesivo cuando mi mente asegura una recompensa futbolera a cambio

Pasillito a Johan Plat por su cumpleaños / CD Castellón
Encaramos las semanas favoritas de quienes me rodean. Son las ‘famosas’ semanas: durante este periodo de tiempo, hasta que finalice la temporada, Enrique Ballester es especialmente amable con el resto del mundo. Me porto súper bien, y no porque de repente me convierta en un ser de luz y me importen los demás. No: me porto súper bien porque germina en mí la creencia de que mi comportamiento va a influir en los resultados de mi equipo, y demasiado se juega mi equipo a estas alturas de la temporada para poner en duda la validez de este pensamiento.
Es decir: creo que si riego mi rutina de buenas acciones, ese ser superior llamado Don Fútbol me recompensará con los resultados adecuados. Es sencillo. Por ejemplo, en ningún otro tramo del año suelo felicitar los cumpleaños, pero en las tensas curvas de mayo felicito hasta a lo más lejano de mi árbol genealógico, que a veces ni me contestan pensando que me he equivocado de persona.
Habrá quien diga que mi actitud es un poco egoísta, porque lo que parece bondad en la superficie es en realidad interés en las entrañas, pero el asunto es cada año más complejo. No soy el único malvado en esto. Por aquí ya se están aprovechando de mi dependencia de este juego.
En casa ya saben que es el momento perfecto para pedirme algo. El momento perfecto para exigirme los sacrificios que normalmente niego. Mi mujer ha sugerido este año que haga deporte y reduzca el consumo de alimentos procesados. Lo ha dejado caer como si nada, sabiendo lo vulnerable que soy ahora que nos estamos jugando la temporada. Mi hija mayor, a la vez, ataca estos días solicitando un nuevo teléfono móvil. Para completar la secuencia, mi hijo mediano vino ayer del cole con la excentricidad de querer la camiseta de un portero. Por suerte, todavía no se entera de estas cosas mi hijo pequeño.
Con todo, no hay nada que se me antoje excesivo cuando mi mente me asegura una recompensa futbolera a cambio. Todo sacrificio es poco, en especial los financieros, cuando se trata de propiciar un final feliz de temporada, sin dramita ni sufrimiento, y en consecuencia un verano tranquilo para mi conciencia de aficionado enfermo. Ahora estoy recurriendo a otro clásico: apostar a los resultados que no me convienen. Obviamente, así demuestro que pagaría un buen dinero para garantizar que mi equipo cumple sus objetivos cada año.
De hecho, y también obviamente, lo de portarse bien no asegura nada, pero la clave en este tema diabólico es el ‘por si acaso’. Por si acaso, en los últimos días he comprado libros benéficos, he cambiado libranzas en el trabajo y he cumplido con un millón de recados. Por si acaso, he madrugado más de lo normal, he fingido interés en conversaciones y hasta he sido moderadamente simpático. Si siguen alargando el calendario, cualquier día me dan el Nobel de la paz. Cuestión de tiempo. No lo descarto.
Se dice mucho cuánto nos envilece el fútbol, pero también tiene cosas buenas, y un idiota como yo puede ser la prueba. Investiguemos: a ver si va a resultar que la verdadera motivación de Gandhi era que el Kerala Blasters lograra la permanencia.
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