Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Corberán, el faro en la tormenta

Porque mientras él tejía futuro sobre el césped, Meriton continuaba deshilachando el alma del club desde los despachos

Corberán, en Paterna

Corberán, en Paterna / SD

No ha sido una temporada fácil. De hecho, hasta hace bien poco estaba siendo el peor año que recuerdo desde que tengo uso de razón. Una tormenta de despropósitos que navegaban a la Segunda División, Sin embargo, en medio del vendaval que azotaba Mestalla, cuando el viejo coliseo parecía naufragar entre sombras, surgió la figura de un timonel inesperado. Carlos Corberán llegó al Valencia CF como quien llega a un hogar en ruinas: sin promesas, sin ruido, pero con la firme determinación de levantar lo que otros dejaron caer.

Su fútbol no fue una sinfonía perfecta, pero sí un canto a la dignidad. Supo coser las costuras rotas de un vestuario herido, dar sentido al esfuerzo y devolverle al escudo una brizna de esperanza. Siendo práctico, laborioso y con ese tono calmado que no dice nada pero, a veces lo dice todo, consiguió poner algo de cordura en esta esquizofrenia colectiva llamada Valencia CF. En su mirada, el equipo encontró dirección. En sus decisiones, orden. En sus silencios, respeto. Con manos de arquitecto y alma de obrero, salvó al Valencia del abismo al que lo arrastraban otros.

Porque mientras él tejía futuro sobre el césped, Meriton continuaba deshilachando el alma del club desde los despachos. Otro año de promesas huecas, de gestiones erráticas, de desconexión emocional con la afición. Otro matchball salvado in extremis que a punto estuvo de concretarse en un irreal sueño europeo. El relato de esta temporada no se escribe solo con puntos y goles, sino con la desilusión repetida de una grada que ya no espera milagros, sino un cambio profundo. De otro año más de sufrimiento que a punto estuvo de acabar en la tragedia de las más absolutas. De una temporada que toca a su fin como quien acaba y empieza un nuevo curso repitiendo.

Sí, el Valencia sobrevivió. Pero no basta con respirar: hay que vivir. Y para vivir, este club necesita reconstrucción. Desde la cantera hasta la élite, desde la identidad hasta el proyecto deportivo. Corberán ha demostrado que hay talento y corazón para empezar de nuevo. Lo que falta es que quienes mandan dejen de destruir y empiecen, por fin, a creer.

Este no es aún el Valencia que soñamos, pero sí el que resiste y quizás -solo quizás- alguien escuche a esta sufridora afición. Porque el mundo sigue girando y el sentimiento sigue vivo desde las botas de un juvenil; pasando por la pizarra de Corberán; o en el melancólico y nostálgico rugido de la Curva Nord…porque Mestalla sigue en pie, aunque herido. Y entre sus gradas resuena una verdad: no todo está perdido mientras haya quien luche. Corberán ha salvado algo más que una categoría; ha salvado el orgullo. Toca ahora construir futuro entre las ruinas ya empiece a asomar un nuevo amanecer. Con un faro, como es el que representa Corberán, entre tanta tormenta.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents