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Opinión

Un poco idiota, otra vez

Por si no tuviera suficiente con salvar la Tierra y ayudar a mi equipo con la permanencia, pasó lo del ajedrez

Raúl Sánchez, jugador del Castellón

Raúl Sánchez, jugador del Castellón / EPM

Pedí el café para llevar. Cuando me lo entregaron, leí el lema impreso en el vaso de cartón: «Salva la Tierra». Me agobié muchísimo. Con las cosas que tengo que hacer hasta que lleguen las vacaciones, solo me falta tener que salvar el planeta, esa responsabilidad inmensa. Si es posible, me gustaría empezar la semana por algo más sencillo, por favor, no me pidas algo así cuando estoy saliendo de casa, medio dormido, un lunes cualquiera. Ya no levanté cabeza.

Eso sí, me ayudó un poquito pensar que mi equipo ya ha logrado el objetivo de la temporada: la permanencia. Me dio fuerzas. Pensé también en aquellos que todavía deben malvivir con esa angustia a cuestas, y me dieron mucha pena. ¿Para cuándo una oenegé que se ocupe de los hinchas desesperados en primavera?

En mi caso, ahora que estamos salvados ya lo puedo decir: me obsesioné con el Eldense, nuestro principal rival directo. Vi sus partidos durante meses, buscando indicios que reafirmaran mis prejuicios, incluido el más básico: nos iban a joder como fuera.

Todo eran señales. Antes del partido clave, leí que nunca nos había ganado y lo interpreté como una prueba definitiva de que esta vez nos ganaría, por supuesto. Vi que sancionaban a su delantero y di por hecho que le levantarían el castigo de alguna manera. Me dejé llevar por toda teoría conspirativa arbitral, obviamente, y desconfié de cualquier buena palabra de su entrenador en la previa. Incluso, una noche de aburrimiento dejé puesta una película y apareció Eldensel Washington, y casi me da algo, no podía ser casualidad aquello. Alcancé unos altísimos niveles de paranoia que se esfumaron con el pitido final del árbitro. Entonces pensé que había sido un poco idiota. Otra vez. Hasta la próxima.

Cuando entras en esta espiral, algo se atranca en tu cabeza. Cruzas cada semana repasando calendarios y cuentas. A veces la Liga es traicionera y no sabes muy bien qué resultado conviene. Se jugó un Málaga-Sporting y dudé: uno tenía menos puntos, pero también rivales más fáciles luego, y viceversa. Opté por una nueva técnica: esperar a ver qué pasaba y dejar que mi cuerpo hablara. A ver qué sentía, si con el gol de uno me ponía triste o contento. Lo que sentí fue lo siguiente: marcó el Sporting y no me gustó, así que por un momento pensé que prefería que ganara el Málaga, pero luego empató el Málaga y no me gustó, y después remontó y tampoco me gustó. Total: el caso es estar enfadado por algo. Donaré mi cuerpo a la ciencia.

Vaya mayo. Por si no tuviera suficiente con salvar la Tierra y ayudar a mi equipo con la permanencia, pasó lo del ajedrez. Hace unas semanas, mi hijo salió del cole y me dijo que iban a hacer un torneo de fin de curso con los padres. Por un hijo hago lo que sea: para no hacer el ridículo contra los padres de los empollones del ajedrez, me descargué una aplicación para practicar todas las noches. Pasé horas viendo tutoriales en Youtube. En la cama pensaba en jugadas maestras. Pasé mucho sueño.

También pedí un libro que ni abriré cuando llegue. Porque ayer pregunté a mi hijo cuántas partidas tendría que jugar en el torneo y me miró muy raro. Resulta que entendí mal al niño. No tengo que jugar, solo tengo que ir a verlo jugar.

Entonces pensé que había sido un poco idiota. Otra vez. Hasta la próxima. 

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