Opinión
Talento y milagro
Los críticos con Calero, más allá del jaleo que siempre conlleva la euforia de un ascenso, somos más de lo que parece. Lógicamente, lo hemos celebrado como el que más

El Levante, celebrando el ascenso junto a su afición, desde el Ayuntamiento / Germán Caballero
Desde el día del Zaragoza nos temblaron las piernas. Vimos que todo podía salir bien, que lo teníamos en la mano, y nos acongojamos. Es humano. Les sucedió a los jugadores y sobre todo a Calero. Y a todos nosotros. Pudo costarnos caro. Muy caro.
Siempre confié en esta plantilla. En el contexto del inicio liguero no era fácil afirmar, en negro sobre blanco, que era una de las mejores de la categoría. La mejor para mí. Con diferencia. Así lo afirmé, para sonrojo de algunos. Ahí está la hemeroteca. Fue mi convicción desde el principio. Igual que digo esto, no soy un oportunista y no me voy a subir al carro de Calero, ahora que es caballo ganador. Nunca he hecho algo así. Menos aún ahora, que ya peino canas. El de Parla tiene cosas: físicamente hemos sido bisontes. Y es un buen motivador, un tipo exigente, aunque más con unos que con otros. Futbolísticamente, ya fue otra cosa: tácticamente el equipo sufrió todo el curso con coberturas, transiciones y balón parado, sobre todo en ataque. Hizo planteamientos conservadores, a menudo. Y su gestión del vestuario fue arbitraria: apostó por unos futbolistas, a veces de forma desesperante, y condenó a otros, que merecieron mucho más. No es menos cierto que el Llevant no fue inferior prácticamente a nadie. Si acaso al Mirandés, el mejor equipo de la categoría.
Hemos subido. Todo iba a salir bien. Chapó.
Los críticos con Calero, más allá del jaleo que siempre conlleva la euforia de un ascenso, somos más de lo que parece. Lógicamente, lo hemos celebrado como el que más. Faltaría. Siempre le estaremos agradecidos. Para mí, sin embargo, el principal mérito del éxito recae en una generación de futbolistas que nos llevó al Olimpo. Calero también ha tenido flor. En el fútbol y en la vida es importante la fortuna. Su buena suerte ha sido la de todos nosotros. Sigo afónico. Sigo crítico.
Dinamita en ataque
Desde el colosal 5-2 al Zaragoza nos temblaron las piernas. Aquel día metimos cinco como pudieron ser diez. Fue el único partido de titular de Álex Forés. Firmó un partidazo. ¿Su premio? Banquillo en Oviedo. Aquel partido diría que fue el único en que jugamos con un 4-3-3. Cada vez que Espí o Forés estaban en el campo, además de anotar ambos un gol cada 70 minutos, abrían espacios para sus compañeros y desatascaban partidos. Calero nunca consideró jugar con un ariete de inicio. Espí solo fue titular un día y, de los 34 partidos en que saltó desde el banco, en 16 ocasiones lo hizo después del minuto 80 y solo cuatro veces antes del 70’. El talento de ambos ha sido decisivo. Y el de la grada: “¡Calero, saca a Espí!”.
El Llevant ha tenido dinamita en ataque: la temporada de Romero, hasta la lesión, ha sido buena. La de Brugué, superlativa: olfato de gol, picardía, compromiso y lucha. Su celebración del gol al Elche, cuando volvimos al fútbol tras la catástrofe del 29 de octubre, es un icono del curso. La implicación del club, puro “orgull granota”. Más allá de otras consideraciones y a pesar de su lamentable intervención en el balcón del ayuntamiento, Morales ha aportado goles y asistencias esenciales para subir. Vino a eso. No es menos cierto que ha tenido más continuidad que nadie, incluso cuando su rendimiento no lo merecía. ¿Y qué decir de Carlos Álvarez? És la guinda del pastel del talento de este grupo. Su gol de Burgos ya es historia. Aquel zurdazo vivirá eternamente en nuestra retina. Y más allá del éxtasis de aquel instante, incluso los días en que no estuvo fino, el sevillano fue siempre un faro para sus compañeros. Un futbolista diferencial de los que escasean. Una joya que hay que cuidar. Un patrimonio granota. Se lo debemos a Miñambres. Este ascenso también tiene, en parte, su sello.
No podemos perder de vista que a lo largo del curso hemos ingresado en torno a 16 millones por dos titanes como Kochorashvili y Andrés García. En la medular tuvimos a un sublime Oriol Rey, al jefe del vestuario, Vicent Iborra, a Algobia y a Lozano, que siempre aportaron frescura, o a Pablo Martínez, cuyo nombre impone, pese a seguir lejos de su potencial nivel.
A sus 38 años, Andrés Fernández firmó una campaña notable, acompañado por Dela, el mejor zaguero de la categoría, y de Elgezabal, uno de los líderes carismáticos del equipo. Pampín estuvo más fino en ataque que en defensa, y Miquel fue a días. Xavi Grande, Marcos y Cabello se vieron defenestrados injustamente.
Y me vuelvo a hacer la misma pregunta de todo el curso: ¿qué plantilla de Segunda, futbolista a futbolista, es mejor que esta?
Cuando nos temblaron las piernas, de hecho, tras el partidazo contra el Zaragoza, fue el talento de estos futbolistas el que nos llevó a Primera, cuando estábamos en la lona, noqueados. Así fue hasta el último suspiro del último partido. Hemos tenido suerte. Nos salvó el talento.
En Oviedo salimos a empatar, con mentalidad de equipo pequeño, contra un rival inferior. Y perdimos. Esa derrota nos obligaría a ganar a Tenerife y Elche y mirar los otros resultados, que nos iban a favorecer, por el rabillo del ojo. Hicimos un Ibiza contra el Tenerife a la semana siguiente. Y aún Brugué salvó un punto que devendría esencial en el 94’. En Elche repetimos lo de Oviedo, con un “catenaccio” de libro y mucho acierto a la contra. Aquel 1-3 sería clave para el ascenso. Bien lo sabían los centenares de granotes que alentaron al equipo. Todos sabemos que partidos como aquel se ganan uno de cada diez. Llegaba la final contra el Albacete, con más tembleque, y el fantasma del Ibiza revoloteando Orriols de nuevo. Volvimos a comprar números para que todo saliera mal, jugando a especular y a verlas venir. De nuevo, Brugué hizo estallar Orriols, en un partido espeso. De nuevo, nos acompañó la suerte, con la entrada criminal a Álvarez, que dejó a los manchegos con diez. Y pese a todo, acabamos pidiendo la hora, jugando a la ruleta rusa.
En Burgos, ante una turba de 3.000 levantinos, saltamos al campo entre temblando y dormidos. En el tramo final del encuentro comprendimos que nos esperaba la historia y empujamos con todo el corazón y apenas la cabeza de Álvarez y Lozano. Irrumpió el talento, de nuevo. El de Brugué, que anotó el empate en el 85’, con un soberbio testarazo… y que falló el 2-3 a puerta vacía un instante antes de que Álvarez pusiera boca abajo el Plantío con su golazo y se echara a llorar, junto a todos nosotros. Tuvimos toda la suerte del mundo, toda la que nos faltó contra el Alavés, aquella fatídica noche, ahora cicatrizada. Teníamos plantilla para haber sido el Llevant de Preciado o el de Muñiz, dos apisonadoras, pero finalmente nos salvaron el talento y un milagro.
Otros harán lecturas distintas, más condicionadas por el resultado final y la felicidad que ha vuelto a teñir Valencia de blaugrana. Para mí, perder de vista que hemos ascendido porque teníamos la plantilla con más talento de Segunda y, pese a ello, con mucha fortuna en partidos puntuales (¿qué decir de Elda?), es abonarse a que todo salga mal en el futuro. Entiendo a muchos de mis correligionarios levantinos. Yo también tengo la tentación de cubrirme los ojos y amplificar relatos triunfalistas, pero no voy a hacerlo. Tenemos la obligación de preservar como un tesoro este milagro que nos ha deparado el destino. Sí, hemos tenido fortuna. Toda la temporada y especialmente en estos últimos partidos. Sin olvidar otro milagro: que el Mirandés no ganara al Almería.
Llega el Eibar a la fiesta del ascenso y, sin embargo, necesitamos un último esfuerzo, un último arrebato de talento. También nos sirve un último milagro. Queremos ser campeones de Segunda, por tercera vez en nuestra historia. Por el palmarés y, más aún, por el ingreso que representa, cercano a los tres millones. Necesitábamos este ascenso para que nuestra lucha fuese algo más poética que la viabilidad económica en Segunda, que un plan para reflotarnos y poder volver a soñar dentro de unos años. Esta vez salió cara. Mi padre siempre me dijo: “Mai confies en la sort, confia en el treball”. Y en el talento.
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