Opinión
Derechos

Nemanja Matic, con un parche en el logo / EFE
El pasado 5 de junio, la Liga de Fútbol Profesional francesa sancionó a tres jugadores, por no haber cumplido con la llamada “jornada contra la homofobia en el fútbol”, el 17 de mayo, durante los partidos de su campeonato. Se trataba de mostrar un mensaje en contra de la homofobia en la camiseta, pero dos de ellos, Nemanja Matic y Ahmed Hassan, se taparon aquél, para no ser parte de lo que, en su derecho a discrepar y su libertad de expresión, entendían no podía sostener. El tercero, Jonathan Gradit, en un encuentro de ese día, disparó un insulto homofóbico contra un contrario.
Este ha sido sancionado con un partido de suspensión y los otros con dos, además de tener que seguir un cursillo sobre sensibilización de la homofobia en el fútbol. Las sanciones son tan duras como haber hecho una entrada durísima en un partido y, ahora, nos preguntamos hasta dónde llega el derecho de un deportista a negarse a portar mensajes que van contra su forma de pensar o su modus vivendi.
Es cierto que los jugadores firman un contrato de trabajo, pero ¿es este suficiente como para que se les obligue a ir más allá de lo que indica éste? Normalmente, se manifiesta, en ese acuerdo laboral, que deberá entrenar, jugar, prestarse a hacer acciones para la imagen del club, desde ir a jornadas de patrocinadores o a ayudar en un determinado hospital, llevando juguetes a niños enfermos.
Todo eso está reflejado, así como las prohibiciones, de hacer algún deporte de riesgo o de dar mensajes contrarios al club o a apostar. Estos ejemplos son los que, en forma habitual, se negocian. Pero ¿hay cláusulas de conciencia o de otro tipo? La verdad es que es visto de todo, como, por ejemplo, la de un club brasileño que indicaba a su jugador (argentino) que se le podía despedir si se le encontraba “en lugares donde moraran señoritas de poca virtud”.
Esto, cuando me lo preguntó mi cliente, el futbolista, le dije que era nulo de pleno derecho y que, si se empeñaba el equipo, pues lo firmaba y ya veríamos. Es cierto que, si le hubieran pillado en esos lugares, su despido no habría sido procedente, porque es un derecho individual el poder vivir su vida. Otra cosa es que tuviera unas consecuencias sobre su trabajo, como llegar tarde a entrenar o a un partido.
Pero el hecho en sí no tenía sentido legal. Lo mismo ocurre cuando algún deportista me pregunta sobre dopaje, y el uso de las llamadas “drogas blandas”. Se pueden tomar fuera de competición, y cada cual verá lo que es bueno para su cuerpo, pero si las toma en momentos de trabajo, entonces podrá ser peligroso, para él, por ser condenado por dopaje, y para el club, que lo perdería, con las posibles reclamaciones de daños y perjuicios contra aquél, de parte de su equipo.
Como vemos, la línea es clara: lo que afecta a tu trabajo tendrá sanción, en lo demás, hay libertad, pero el problema existe cuando los derechos son de terceros, como en el caso de la campaña contra la homofobia. ¿Puede negarse un futbolista a llevar un brazalete o un mensaje, si, por ejemplo, su religión condena a los homosexuales?
Ahí está el quid de la cuestión, que la Liga francesa ha tenido claro, con sus reglamentos internos, que no los contratos de trabajo. Se somete un deportista no solo a dicho contrato, sino también a la reglamentación existente y no puede negar conocerla, por aquello de que no se puede uno amparar en el desconocimiento de las obligaciones existentes.
Por ello, quizá el más listo de todos fue otro jugador que, ese día 17 de mayo, se dio “de baja”, solicitando no jugar, para impedir ser sancionado después. Lo hizo Mustafá Mohamed, pidiendo a su equipo, que no contara con él ese día. Así evitó una sanción mayor, como dos partidos y tener que acudir a unas sesiones de “sensibilización”.
Estamos, y sobre todo, estaremos, cada vez más en estas situaciones, donde clubes, ligas o federaciones van a exigir a sus jugadores que sigan unas consignas que, en algún caso, podrán chocar con los derechos personalísimos de éstos, de tipo cultural, religioso o de simple pensamiento contrario a lo que se pide.
No va a ser fácil, créanme, porque, como decía el filósofo Jean-Jacques Rousseau, “la libertad de uno acaba donde comienza la de otro”. Cuan fácil lo veía el bueno de Rousseau, pero los límites son y serán cada vez más complejos de delimitar. Mientras lo hacemos, recomiendo bajar a la tierra y leer “Justicia poética”, de la valenciana Mamen Monsoriu. Disfruten y cuídense.
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