Opinión
Sin noches de paz en Navidad

Los futbolistas, en el túnel, antes de salir al encuentro del Mallorca el pasado viernes / LaLiga
Hay tradiciones que no se pierden. El belén, el sorteo de Navidad, el cuñado opinando de fútbol sin ver los partidos… y el Valencia CF pasando las Navidades mirando de reojo el descenso. Un clásico moderno. Un ritual ya tan nuestro como el árbol de Navidad en la esquina del salón o el “este año sí” que nunca llega.
Mientras en otros lugares se habla de aspiraciones europeas, de fichajes ilusionantes o de proyectos a medio plazo, en Valencia sacamos la calculadora, el calendario y el rosario de rivales directos. No vaya a ser que el pavo se nos atragante con la clasificación abierta en el móvil. Porque en Mestalla, diciembre no huele a canela, huele a urgencia.
Este año no es distinto. Cambian los nombres, pero el escenario se repite. Llegó Carlos Corberán, entrenador serio, trabajador, metódico, de los que miran el fútbol como un Excel bien ordenado. Un técnico que transmite profesionalidad, que habla de procesos, de competir, de mejorar detalles. Todo muy razonable. Todo muy lógico. Pero nada cambia. Un ambiente muy poco navideño para un valencianismo que hace tiempo dejó de pedir regalos y ahora solo ruega que no haya carbón. Y que por fin un entrenador se coma el turrón.
Corberán intenta poner orden en una casa que lleva años con las luces fundidas. Ajusta líneas, aprieta dientes, pide tiempo, cambia alineaciones… Pero el calendario no entiende de proyectos y la clasificación no concede treguas festivas. El Valencia llega a Navidad como ese familiar que aparece en la cena diciendo que “todo va bien” mientras guarda las facturas debajo del sofá y no coge el teléfono al del banco.
Y claro, uno mira la tabla y vuelve a ese viejo sentimiento: la frontera del descenso como paisaje habitual. “No estamos tan mal” nos dicen. Tampoco tranquilos. Estamos ahí, en tierra de nadie, ese lugar incómodo donde no se sueña pero se sobrevive. Donde cada partido es una final y cada punto sabe a polvorón rancio que ni masticándolo despacio consigues tragar sin atragantarte.
Lo más cruel es que ya ni sorprende. Antes dolía, ahora se asume. Como el turrón duro cuando tú lo querías blanco. Como el villancico que suena por décima vez en el supermercado y ya ni lo escuchas. El valencianismo se ha vuelto experto en resiliencia navideña: brindar con una mano y taparse los ojos con la otra para no ver la clasificación. Pedir en el año nuevo no sufrir y que Dios apriete lo justo para pasarlo mal pero sin ahogarse.
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