Opinión | El trasluz
Que otro decida

Que otro decida. / ShutterStock
Entro en el ascensor, me miro en el espejo y le pregunto a mi reflejo quién soy. Me responde con una media sonrisa que no reconozco como mía:
-Depende del botón que aprietes.
Durante un instante pienso que bromea, pero me dejo llevar. Así que pruebo: pulso el 3, y cuando se abren las puertas salgo convertido en mi vecino del tercero, con su calva redonda y su carpeta llena de facturas. Camino hasta su puerta, saludo a su mujer (mi mujer por ese día), y me siento frente al ordenador a revisar números. Todo encaja. Soy él. No lo imito: lo soy, aunque conservo un vago recuerdo de quien fui. De ahí que lo pueda contar. Pero la certeza de que soy realmente un contable me proporciona una extraña paz, como si la identidad fuese un abrigo que se pudiese dejar colgado en cualquier sitio.
Al día siguiente, pulso el 5. Al abrirse las puertas, soy mi vecina del quinto: una mujer que tiñe su pelo de cobre y cuida plantas con la devoción de quien cultiva almas. Paso la mañana regando begonias y hablando con los geranios. Me descubro un tono de voz que nunca había usado, una manera de mirar que no juzga. Por la tarde me pintan las uñas. Me dejo hacer. No hay nada como dejar de ser uno.
Más tarde, pruebo con el 1. Esta vez no soy vecino ni vecina, sino el conserje, un escritor frustrado que sueña con escribir un libro sobre los ascensores del mundo. Me paso horas tomando notas de los rostros que suben y bajan, de las vidas que cambian de piso sin saberlo. Entiendo que todos somos versiones sucesivas de lo mismo, que el yo es una especie de rellano compartido.
Un día me da por pulsar un botón que no existe: el 0, o quizá el ∞. El ascensor tiembla, y el espejo empieza a llenarse de reflejos: yo como contable, yo como sexador de pollos, yo como anciana que espera, como niño que corre, como sombra que pasa… Comprendo entonces que la identidad se ocupa por turnos. Que ser alguien no es más que aceptar una función temporal en el reparto general de identidades del mundo.
Cuando las puertas se abren, no salgo. Me quedo dentro, mirándome, esperando a que otro pulse el botón y decida, por un rato, quién seré.
Fuente: La Nueva España
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