Opinión
Por un fútbol de hombres de verdad
Las gradas de los estadios son un vertedero de odio. El aficionado medio, el pacífico, no sobresale. Lo hacen aquellos que, ante las miradas que los enaltecen, adquieren la posición del acosador, del agresor, del mafioso

Borja Iglesias, abrazando a sus compañeros ante Foulquier / LaLiga
“Los hombres de verdad beben cerveza”, le espeta una rancia vecina norteamericana a un mozo afroamericano antes de amenazarlo con llamar al ICE, la fuerza paramilitar creada por Trump que persigue ciudadanos impuros. Se sorprende cuando se entera que se está dirigiendo a un veterano de guerra. Pero el mensaje queda claro: hay hombres y hay farsantes. Los hombres de verdad, por ejemplo, no se pintan las uñas. Si lo hacen, provocan, y si provocan, deben asumir las consecuencias.
Las gradas de los estadios son un vertedero de odio. El aficionado medio, el pacífico, no sobresale. Lo hacen aquellos que, ante las miradas que los enaltecen, adquieren la posición del acosador, del agresor, del mafioso.
Hasta ahora parece que no cabía alternativa a la imagen hegemónica del fútbol. A la tradicional, a la masculinizada. Aquellos que lo proclaman no han estado nunca en un vestuario, campo de liberación, educación en diversidad, espacio de experimentación. La grada pide contundencia y el vestuario muestra vulnerabilidad. El fanático exige profesionalidad industrial pero el fútbol, en la distancia corta, es emoción. El hincha reclama cuchillo y egoísmo pero el equipo pasa por el cuidado, la proximidad, el tacto y el cariño. El fanatismo es muy masculino pero el fútbol, en realidad, cuenta con características históricamente asociada a las mujeres. Pero en silencio, lejos de los focos.
Ha faltado mucha valentía en la mayoría de los futbolistas. Toda esa gallardía acumulada subterráneamente durante décadas, la muestran hoy sin rubor futbolistas como Héctor Bellerín, Borja Iglesias, Aitor Ruibal o Sergio Camello. Orgullosos, valientes, transgresores, vanguardistas. Son una mirada al futuro. Son el futuro hoy. Por eso no los tragan, porque muchos de esos ruidosos de las gradas no es que vivan el presente y teman el futuro, es que viven en el pasado, donde existían certezas que les eran cómodas, donde la quietud les ofrecía seguridad, donde la masculinidad era lineal. Todo eso murió pero algunos se resisten y vociferan, insultan y, si pueden, agreden.

Las uñas pintadas de Borja Iglesias / Instagram Borja Iglesias
“Hemos aprendido a cuidar sin acercarnos demasiado, a querer sin pedir nada. Confundimos delicadeza con distancia: pensamos que amar es no interrumpir, que acompañar es no necesitar. Pero esa prudencia —tan celebrada en la cultura de la autosuficiencia— termina por vaciar los gestos. Evitamos la exposición, y con ella evitamos también la posibilidad del encuentro”. Lo escribe Boris Sotomayor.
Somos hijos de la generación de “los chicos no lloran” o “al psicólogo van los locos”. La autoconcepción es un largo camino . Somos esclavos del rol que llevamos como mochila, que nos han creado y nos hemos creado con el paso del tiempo. “Convertirme en negra para mí fue un proceso y ahora estoy muy feliz de serlo”, dice Chimamanda Ngozi. Los equipos de fútbol ofrecen identidad y las gradas se convierten en espacios de expresión. Todo vale. Además, dicha identidad se defiende también en el mundo virtual. “Píntate las uñas”, le esgrimen de forma supuestamente jocosa a Borja Iglesias. “Que extraño, si eso nunca pasa en el fútbol”, contesta él maliciosamente.
No es que se haya malversado el fútbol, es que ha empezado a versionarse desde la feminidad y el feminismo. Las mujeres lo están consiguiendo y son estigmatizadas, ninguneadas y minusvaloradas. Es el precio que se paga por hacer tambalear el poder. Los hombres que lo están intentando son observados como traidores.
El reto supera el fútbol. Es un tema cultural, una visión del mundo. Ante el desafío de la configuración identitaria (de un yo tanto individual como colectivo), muchos optan por el camino fácil y las respuestas sencillas. De responsabilizar de todo lo malo al feminismo a criticar a Bellerín, a Iglesias o Ruibal hay sólo un paso. El acoso es indecente. “Me he criado entre máquinas de coser y eso también me interesaba. Comprendo los estereotipos y los memes del performative male (macho performativo), pero son un arma de doble filo: hay un grupo de hombres que de verdad está intentando encontrar un espacio donde sentirse cómodos fuera de la masculinidad hegemónica tradicional y la mofa puede asustar”. Otra masculinidad está en expansión pese a todo el ruido. Por un fútbol de hombres de verdad, los que aceptan la diversidad.
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