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Opinión

Valencia

Gracias por todo, Corberán… pero hasta aquí

Carlos Corberán merece un agradecimiento sincero y sin matices por lo que hizo la temporada pasada

Carlos Corberán, entrenador del Valencia en el momento de los últimos cambios

Carlos Corberán, entrenador del Valencia en el momento de los últimos cambios / José Manuel López

El fútbol tiene memoria, pero también tiene presente. Y el presente del Valencia CF vuelve a oler peligrosamente a descenso. La derrota por 0-2 ante un Real Madrid gris, desdibujado y probablemente uno de los más vulnerables que se recuerdan en años, no es solo una derrota más. Es un síntoma. Otro más. Y ya son demasiados.

Carlos Corberán merece un agradecimiento sincero y sin matices por lo que hizo la temporada pasada. Cogió un equipo roto anímicamente, sin rumbo y con el descenso prácticamente escrito, y consiguió reanimarlo cuando parecía clínicamente muerto. Aquello fue mérito suyo. Puro. Indiscutible. Pero el fútbol, como la vida, no vive del pasado ni de los homenajes permanentes. Vive de resultados, de sensaciones y, sobre todo, de la capacidad de reaccionar cuando el barco empieza a hacer aguas. Y el barco, ahora mismo, está haciendo aguas.

El Valencia ofreció ante el Real Madrid una imagen pobre, temerosa, sin alma y sin un plan reconocible. No fue una cuestión de calidad de plantilla. Ese discurso empieza a sonar a excusa gastada. Este equipo ha demostrado en momentos puntuales que puede competir, que tiene recursos y que puede plantarle cara a rivales de mayor entidad. Lo que no tiene ahora mismo es dirección, ni identidad, ni soluciones desde el banquillo.

El Valencia parece un equipo que sale al campo con mucho ímpetu pero que, según pasan los minutos, acabe esperando que pase algo… y al entrenador siempre le comen la tostada. Pellegrini, Valverde y ayer incluso Arbeloa.

Danjuma recibe instrucciones en la banda durante el partido ante el Madrid

Danjuma recibe instrucciones en la banda durante el partido ante el Madrid / J. M. LÓPEZ

Corberán no ha conseguido evolucionar al equipo. Sus decisiones generan más dudas que certezas, sus planteamientos se han vuelto previsibles y el equipo transmite una preocupante sensación de resignación competitiva. No hay reacción táctica durante los partidos, no hay lectura de los momentos y, lo más alarmante, no hay crecimiento colectivo.

Cuando un equipo deja de creer en lo que hace, rara vez es solo responsabilidad de los futbolistas. El fútbol profesional funciona como un ecosistema donde el entrenador marca el pulso emocional y futbolístico. Y ahora mismo ese pulso suena débil.

Pero sería injusto centrar toda la crítica únicamente en el banquillo. El problema es estructural. Es de club. De proyecto. De rumbo deportivo. El Valencia lleva años navegando sin una hoja de ruta clara, improvisando decisiones y convirtiendo cada temporada en un ejercicio de supervivencia. Corberán es parte del problema actual, sí, pero también es consecuencia de una gestión deportiva errática que se ha instalado peligrosamente como normalidad con una trituradora de entrenadores por bandera.

Aun así, hay momentos en los que alguien tiene que tomar decisiones dolorosas para intentar cambiar la dinámica. Y este parece uno de ellos.

Por respeto al club, a la afición y también por respeto a su propio legado, Carlos Corberán debería dar un paso al lado o el club debería tomar la decisión de cesarlo. No como castigo. Como reacción. Como intento de provocar un cambio emocional y competitivo que ahora mismo parece imposible con el actual cuerpo técnico.

El Valencia no puede permitirse otro descenso. No puede seguir viviendo al borde del precipicio esperando que aparezca un milagro de última hora. La historia, el escudo y una afición que ha demostrado aguantar absolutamente todo merecen algo más que resignación.

Gracias, Corberán, por lo que hiciste cuando el Valencia estaba contra las cuerdas. Pero precisamente porque este club significa demasiado, a veces saber marcharse también es una forma de ayudar.

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