Opinión
Domingo sin resurrección

Carlos Corberán en la banda de Mestalla contra el Celta / Edu Ripoll
De domingo de resurrección a domingo de sufrimiento. Con un Mestalla lleno hasta los topes, buen tiempo y ambiente pascuero, todo hacía indicar que el Valencia CF se iba a colocar a un paso de Europa…nada más lejos de la realidad. La derrota de ayer es de las que no se explican solo con un marcador. Porque el 2-3 ante el Celta de Vigo no es simplemente otra palmatoria del Valencia CF: es la confirmación de una debilidad que se repite, que se enquista y que empieza a ser demasiado evidente como para mirar hacia otro lado.
El partido parecía encarrilado con el 1-0. Mestalla empujaba, el equipo no sufría, y por un instante se dibujaba ese horizonte tantas veces mencionado y tan pocas veces alcanzado: Europa. Pero el fútbol, como la vida, castiga la ingenuidad. Y ahí apareció Claudio Giráldez para recordarle a Carlos Corberán lo que significa intervenir, leer y transformar un partido desde el banquillo. Lo que es ser un entrenador los 90 minutos de partido y no solo los 15 primeros o los 5 últimos.

VALENCIA SPD VALENCIA CF - CELTA / Eduardo Ripoll
Fue un baño táctico. Sin adornos. Sin excusas.
Mientras Giráldez agitaba el tablero y encontraba soluciones, Corberán permanecía atrapado en el guion inicial, como si el partido no estuviera mutando delante de sus ojos. El Celta ajustó alturas, encontró superioridades, activó a sus hombres clave como Fer López… y el Valencia se fue descomponiendo poco a poco, sin respuesta, sin reacción, sin una sola señal desde la banda que alterara el rumbo. Solo el 1-2 hizo a Corberán reaccionar al estilo FIFA, pausando el partido y haciendo cuatro cambios de golpe. Algo que podría hacer cualquiera sin el título de entrenador.
Ahí está el gran debe de este equipo: la incapacidad de su técnico para leer los partidos cuando se rompen. Porque los partidos no siempre se ganan desde la pizarra inicial; muchas veces se ganan desde la segunda jugada, desde el cambio valiente, desde la corrección a tiempo. Y en eso, el Valencia vuelve a llegar tarde. Siempre tarde.
El 1-3 fue la consecuencia lógica de esa pasividad. Un castigo que no llegó de golpe, sino que se fue anunciando en cada desajuste, en cada duelo perdido, en cada decisión que no se tomó en pro de un equipo con toda la carne en el asador. Y aunque el 2-3 final maquilló ligeramente el resultado, no engaña a nadie. El daño ya estaba hecho.
Pero reducirlo todo al banquillo sería quedarse a medio camino. Porque este equipo, cuando huele Europa, se encoge. Le pesa la responsabilidad. Le abruma la oportunidad. Y entonces aparece la versión más reconocible —y más preocupante— de la plantilla: la de la mediocridad competitiva.
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