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Opinión

Valencia club sin fútbol

Una imagen que simboliza el barullo sin fútbol del primer tiempo en el Elche-Valencia

Una imagen que simboliza el barullo sin fútbol del primer tiempo en el Elche-Valencia / LaLiga

Sin fútbol. Sin proyecto. Sin nada. Esto se ha convertido para muchísima gente ver al Valencia CF y el día a día del club. Un sentimiento y una pasión que está empezando a ser un problema más de la vida de muchas personas. Y el 1-0 ante el Elche CF no fue solo una derrota más del equipo, sino la confirmación de una caída que ya no se puede disimular con excusas ni maquillajes. Este equipo no se ha perdido de repente: lleva años deslizándose cuesta abajo mientras nadie al mando parece capacitado para frenar el golpe. El Valencia es un club sin fútbol.

Porque esto ya no va de un mal partido. Ni siquiera de una mala racha. Esto va de una decadencia sostenida en el tiempo, de una erosión lenta pero constante que tiene nombre y apellidos: Peter Lim. Su gestión ha convertido a un club histórico en un proyecto sin alma, sin dirección y, lo más preocupante, sin orgullo. De cómo un proyecto nos engañó primero y confundió después. De cómo se amparó en la sostenibilidad cuando realmente se trataba de vulgaridad. El Valencia no compite: sobrevive. Y cada jornada que pasa, el descenso deja de ser una amenaza que parecía lejana para convertirse en una posibilidad incómodamente real. Da igual los nombres, al final todo acaba conduciendo al mismo sitio: la mediocridad.

Lo verdaderamente grave es que el equipo ha dejado de transmitir urgencia. Desde aquel vídeo de Gayà en el Roig Arena, todo parece que va más lento de lo que debería. Juega como si el contexto no existiera, como si la clasificación no apretara, como si el escudo no pesara. No hay rabia, no hay rebeldía, no hay ese punto de dignidad que históricamente diferenciaba a este club cuando todo se torcía. La prueba la tenemos en la acción de Cömert donde el Valencia CF es anticompetitivo, donde el oficio no está ni se le espera. Donde te marcan por pardillo.

En el banquillo, Carlos Corberán no logra cambiar el pulso de un equipo plano, previsible, sin carácter. Su Valencia es un conjunto que no intimida, que no emociona, que no se rebela. Hay algo especialmente preocupante en eso: la ausencia total de colmillo. Puedes perder, claro. Pero lo imperdonable es no competir. Y este equipo, demasiadas veces, ni siquiera comparece. Durante gran parte del duelo del Martínez Valero el Valencia CF volvió a ser plano y no transmitió que se estuviera jugando la vida. Porque se la está jugando. Y cuando un entrenador no consigue activar ni el orgullo ni el instinto de supervivencia de sus jugadores, su mensaje empieza a diluirse peligrosamente. Y todo ello con la sombra de una renovación no merecida y un poder dentro del club que nadie entiende.

Los futbolistas tampoco escapan. Porque más allá del sistema o del contexto, hay algo que no se negocia: la actitud. Y lo del sábado fue insuficiente en lo futbolístico y alarmante en lo anímico. Jugadores que no ganan duelos, que llegan tarde, que hacen difícil lo fácil, que no interpretan el partido. Futbolistas que parecen arrastrar la camiseta –una que eligieron con la que por cierto no ha ganado nunca el equipo- en lugar de defenderla. Y eso, en Mestalla o fuera de él, es una herejía. El talento puede fluctuar, el rendimiento puede caer, pero la implicación no debería discutirse jamás. Si no que le pregunten a Bordalás y su Getafe…

Y sin embargo, lo más desolador es que todo esto ya se ha visto antes. Es un déjà vu constante. Cambian los nombres, cambian los entrenadores, pero el fondo permanece intacto: un club desorientado, debilitado desde dentro, incapaz de reconstruirse porque sus cimientos están deteriorados. Y ahí, inevitablemente, la mirada vuelve a dirigirse hacia arriba. Desde el local management que inició y bautizó Javier Solís, pasando por la nueva –e incompleta- dirección deportiva de Ron Gourlay; dan igual los nombres que el resultado es siempre el mismo: la nada.

Kiat Lim y Ron Gourlay en Paterna.

Kiat Lim y Ron Gourlay en Paterna. / Montesinos

Porque el problema no empieza en el césped. Ni siquiera en el banquillo. El problema nace en una directiva que ha normalizado la mediocridad, que ha desconectado al club de su gente y que ha convertido cada temporada en un ejercicio de resignación. No hay proyecto deportivo. No hay relato entendible. No hay rumbo. Solo decisiones erráticas y silencios incómodos. Solo un Nou Mestalla que sirve ya como escudo ante todo. Desoyendo a la gente y siguiendo una hora de ruta que no sabemos a ciencia cierta quién la marca. Y mientras tanto, el Valencia se acerca peligrosamente al abismo en lo deportivo.

Lo más triste no es perder en Elche. Lo más triste es que ya no sorprende. Que la derrota se ha vuelto rutina y la indignación, costumbre. Que el club que fue referencia en Europa ahora mira de reojo la clasificación con miedo. Mucho miedo.

Esto es un bucle infernal, un abismo incontrolable, una ruleta rusa en la que el equipo cada vez tiene más papeletas a caer. Porque se ficha a jugadores como Saravia que no están en forma, porque el entrenador hace el casting del director deportivo que le debería echar; porque se rumorea que se ha autorenovado hace meses cuando ni sus resultados ni la afición lo quieren; porque el CEO de fútbol ha venido a jubilarse en un par de años; porque muchos de aquí cada vez parecen más de allá; porque lo único que sabemos del presidente del Valencia es que es más de Pikachu que de Charizard… porque el Valencia se ha convertido en un club sin fútbol.

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