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Opinión

Cada vez más roto

Imagen de la derrota del Valencia ante el Atlético de Madrid en Mestalla.

Imagen de la derrota del Valencia ante el Atlético de Madrid en Mestalla. / Europa Press

La temporada del Valencia CF no merece paños calientes. Ha sido impropia de un club de su historia, de su escudo y, sobre todo, de su gente. Lo que debía ser una semana de tranquilidad se convirtió en otro capítulo de frustración: derrota ante un Atlético de Madrid repleto de jugadores del filial, mala imagen en casa y la sensación de que este equipo, lejos de crecer, sigue empequeñeciéndose cuando más se le necesita. Lim está asfixiando al Valencia CF eligiendo responsables para un proyecto que no son capaces de dirigir un club de la envergadura de Mestalla.

No es solo perder. Es cómo se pierde. Sin alma, sin tensión competitiva, sin orgullo. En un estadio como Mestalla, donde históricamente el rival debía salir intimidado, el Valencia ofreció una versión blanda, previsible y, mayoritariamente, indigna. Y eso, a estas alturas de la temporada, con lo que hay en juego, es sencillamente inaceptable.

El club y la propiedad -en su conjunto- tienen una responsabilidad directa. La planificación ha sido deficiente, la gestión emocional inexistente y la sensación de deriva es evidente desde Singapur hasta la avenida Suecia. No hay liderazgo visible, no hay un rumbo claro y lo peor: no hay reacción. Este Valencia transmite abandono institucional, y eso en el campo se paga. Tanto como los cafés de Ron Gourlay para contar una película que nadie entiende ni compra.

Pero si bajamos un escalón, la figura de Carlos Corberán tampoco sale indemne. Su equipo no compite con regularidad, no transmite automatismos ni confianza, y lo más preocupante: no parece creer en lo que propone su entrenador. Cuando eso ocurre, el problema es profundo. La desconexión es palpable. No hay comunión entre idea y ejecución, y eso termina erosionando cualquier proyecto.

Carlos Corberán, con gesto serio en el banquillo de Mestalla

Carlos Corberán, con gesto serio en el banquillo de Mestalla / EP

Y luego están los futbolistas. Son los que pisan el césped, los que representan el escudo cada fin de semana. Y no están a la altura. Ni en actitud, ni en intensidad, ni en compromiso. La camiseta del Valencia CF pesa, y ahora mismo parece que les queda grande. No basta con cumplir; hay que competir, hay que morder, hay que dejarse el alma. Y eso, demasiadas veces, no está ocurriendo. Sobre todo cuando viene un equipo repleto de futbolistas de 1 RFEF que te pintan la cara.

En paralelo, la relación está rota. Rota entre jugadores y entrenador, incapaces de mirarse a los ojos con confianza y entenderse. Y rota también entre el entrenador y la grada, que ya no cree. Los silbidos, los abucheos y los cánticos no son un capricho: son el reflejo de una decepción acumulada durante meses. Cuando Mestalla habla así, es porque se ha cansado.

Y, sin embargo, hay algo que sí merece ser destacado: la afición. Una vez más, Mestalla ha demostrado estar por encima de todo. Ha apretado, ha exigido, ha señalado lo que no funciona. Porque aquí no se viene a aplaudir la mediocridad. Se viene a defender un escudo.

Pero quizá ahora toca dar un paso más. Apretar todavía más. No desde el odio, sino desde la exigencia. Porque este equipo sigue teniendo opciones de caer al abismo, y solo reaccionará si siente que no hay escapatoria, que cada error tiene consecuencias, que cada partido es una final de verdad.

El Valencia CF está a tiempo de salvarse de bajar, pero no de esconder el descenso de categoría institucional a nivel social y emocional. Porque podemos señalar a Gourlay, Solis o Corberán, pero el máximo responsable seguirá estando a miles de kilómetros y sin ver un duelo de su equipo –en propiedad-. Un partido de un Valencia CF cada vez más roto.

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