Opinión
Cuando quieren CF
El problema ya no es perder. El problema es que este equipo ha demostrado demasiadas veces que juega cuando quiere. Cuando le apetece. Cuando siente que el foco le apunta directamente a la cara y el ridículo empieza a oler demasiado fuerte. Ahí sí. Ahí aparecen las piernas, el carácter, la presión alta y hasta futbolistas que parecían jubilados por anticipado

Athletic Club - Valencia CF; resumen e imágenes del partido / SD
Hay algo inexplicable en este Valencia CF. Algo que mezcla drama psicológico, bipolaridad competitiva y una capacidad sobrenatural para tocar las narices a la afición. Algo incomprensible lo mires por donde lo mires y es lo que sucedió este fin de semana. Una más para un equipo, un club y una plantilla que es un auténtico manicomio.
Porque claro, vas a San Mamés, uno de los estadios más exigentes de Europa, contra un Athletic Club que aprieta como si cada balón fuese el último trozo de pizza de una cena del Forma Sport… y acabas ganando 0-1. Serios. Intensos. Concentrados. Solidarios. Corriendo. Compitiendo. Defendiendo como si les fuese la vida en ello. Fallando un penalti pero sin venirse abajo. Un equipo, vaya.
Entonces uno se hace la pregunta inevitable: ¿y esto dónde estaba hace una semana?
Porque el problema ya no es perder. El problema es que este equipo ha demostrado demasiadas veces que juega cuando quiere. Cuando le apetece. Cuando siente que el foco le apunta directamente a la cara y el ridículo empieza a oler demasiado fuerte. Ahí sí. Ahí aparecen las piernas, el carácter, la presión alta y hasta futbolistas que parecían jubilados por anticipado. Y un entrenador que hasta acierta con los cambios. Siempre y cuando los haga él y no el equipo, pero de la autogestión ya hablaremos otro día.
Lo que nos atañe hoy es un patrón más repetido que los anuncios de apuestas en un descanso de fútbol. Derrota vergonzosa. Cabreo monumental. Ambiente tóxico. Críticas. Y, acto seguido, victoria inesperada contra un rival potente o, al menos, inesperado. Como si los jugadores activaran un interruptor emocional que solo funciona bajo amenaza pública.
“Uy, que la gente se enfada”. Pues venga, hoy sí corremos. Ha pasado demasiadas veces y, aunque no me gusta generalizar, no, no creo que sea casualidad.
Y eso es precisamente lo que más enfada al valencianista. No la derrota puntual. No incluso la limitación de plantilla. Lo que revienta es comprobar que muchas veces no era cuestión de capacidad, sino de voluntad. Que sí podían competir. Que sí podían morder. Que sí podían tener intensidad. Pero solo cuando ellos deciden sacar el traje de futbolista profesional del armario.

LaLiga
El Valencia CF se ha convertido en ese estudiante que suspende ocho asignaturas diciendo que “el examen era difícil” y luego saca un sobresaliente el día que le amenazan con quitarle la consola. Pues claro que podías. Ahí está el problema. Y todos coincidimos en que el máximo responsable es Lim, el local management, Ron Gourlay, Corberán y compañía…pero no eso no es escudo para no competir ni en la primera ni en la segunda vuelta contra equipos como el Oviedo o palmar hace una semana estrepitosamente contra el Atlético Madrileño pre Champions.
Lo de San Mamés, de hecho, fue casi una provocación. Porque el equipo mostró exactamente todo aquello que se le reclama cada semana: orden, concentración, solidaridad y hambre. Hambre competitiva. Esa que misteriosamente desaparece contra equipos inferiores o en partidos donde parece que salir al césped ya cuenta como esfuerzo físico suficiente. Que ojo, sigue sin jugar bien, pero al menos parecía un equipo de fútbol. Sobre todo con un Dimitrievski que merece galones la próxima temporada.
Y mientras tanto, la afición atrapada en una relación tóxica de manual. Porque el valencianista es así: le pegan una bofetada futbolística un domingo y el siguiente viernes ya vuelve ilusionado pensando “esta vez sí”. Y el equipo, experto manipulador emocional, de vez en cuando regala una noche como la de Bilbao para mantener viva la esperanza. Lo justo para que nadie termine de desconectarse.
El gran problema de este Valencia no es solo futbolístico. Es moral. Porque cuando un equipo demuestra que puede competir así y no lo hace siempre, deja de ser víctima de sus limitaciones para convertirse en rehén de su propia desgana. Deja de ser una excusa para convertirse en una provocación.
Por eso esta victoria sabe rara. Claro que la gente se alegra de ganar en San Mamés. Claro que tiene mérito. Claro que es una buena noticia. Pero nada que celebrar porque también es una prueba incriminatoria. Un recordatorio doloroso de que, cuando quieren, pueden.
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