Opinión
Un año de autogestión

El delantero del Valencia Javi Guerra (i) lucha con Beñat Turrientes, de la Real Sociedad, durante el partido de la jornada 37 de LaLiga que Real Sociedad y Valencia CF disputan este domingo en el estadio de Anoeta. EFE/Juan Herrero / Juan Herrero / EFE
El problema del Valencia CF no es que no tenga nivel. El problema es exactamente el contrario: que tiene nivel cuando le da la gana. La autogestión empieza a dejarse ver tanto como los puntos en partidos donde no los esperas. Y eso, en el fútbol profesional, es casi peor.
Porque perder por limitaciones entra dentro de lo comprensible. Hay plantillas cortas, malos mercados, lesiones, contextos tóxicos y temporadas imposibles. Lo que no se puede aceptar es ver durante meses a un equipo caminar por los partidos, competir a ratos, vivir instalado en la mediocridad emocional… y de repente presentarse en Anoeta, meterle cuatro goles a la Real Sociedad y llegar a la última jornada soñando con Europa. ¿Entonces qué era lo de antes?
¿Las semanas tiradas a la basura? ¿Los partidos regalados? ¿Las desconexiones constantes? ¿La apatía competitiva? Porque cuando un equipo demuestra que puede jugar así fuera de casa y a sabiendas que no pueden empastrarla más, automáticamente deja al descubierto todas las excusas acumuladas durante el año.
Este Valencia está viviendo demasiado tiempo en la autogestión. Un grupo que ha funcionado más por impulsos emocionales que por dirección técnica. Un equipo que parecía decidir internamente cuándo competir y cuándo simplemente dejar pasar los minutos. Y eso señala directamente a los futbolistas, sí, pero también al entrenador.
Porque un entrenador no está solo para poner un once o hacer cambios al minuto 70. Está para sostener una identidad, exigir regularidad y evitar precisamente esto: que un vestuario se acomode en el “ya reaccionaremos” o “tenemos que mejorar” y acabando con un “esperamos que la afición nos apoye”. Y durante demasiados meses, la sensación alrededor del equipo ha sido esa. La de una plantilla funcionando por libre, sin continuidad, sin tensión competitiva estable y sin una exigencia real desde el banquillo.
La victoria en Anoeta no limpia nada. Al contrario: agrava el juicio. Porque confirma que había mucho más dentro de este equipo de lo que se ha visto durante gran parte de la temporada. Había más plantilla y menos entrenador del que pensábamos –también hay que decirlo-.

SAN SEBASTIÁN, 17/05/2026.- El centrocampista argentino del Valencia Guido Rodríguez (i) celebra su gol, tercero del equipo ante la Real, durante el partido de la jornada 37 de LaLiga que Real Sociedad y Valencia CF disputan este domingo en el estadio de Anoeta. EFE/Juan Herrero / Juan Herrero / EFE
Y ahí es donde aparece la gran frustración del valencianismo. No en no llegar a Europa, sino en la sensación permanente de que este grupo ha jugado muy por debajo de sus posibilidades. Que ha necesitado verse contra la pared para correr, morder, asociarse y creer. Como ese estudiante que suspende todo el curso y en la última semana demuestra que podía haber sacado notable. Como ese niño que solo hace caso cuando vienen los reyes magos.
El fútbol tiene algo maravilloso y desesperante: los jugadores deciden momentos. Y en el Valencia, este año, los jugadores han decidido demasiado. Han decidido cuándo competir. Cuándo activar la intensidad. Cuándo presionar. Cuándo creer. Y un club como el Valencia no puede vivir dependiendo del estado anímico de once futbolistas. ¿O es que deciden en función de si la soga le llega al cuello? ¿tienen miedo a la bronca de Mestalla y por eso ahora ganan fuera?
Porque entonces esto es más preocupante si cabe que Lim o el local management. Cuando quieren, cuando les da la gana y de la forma que les apetece. Autogestión en estado puro.
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