Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Rafa Esteve

Rafa Esteve

Redactor

València

Con este Levante y sus jugadores, al fin del mundo

Jugadores, staff y directivos celebran la permanencia en La Cartuja.

Jugadores, staff y directivos celebran la permanencia en La Cartuja. / LUD

La permanencia del Levante en Primera División hace justicia con el alma y la fuerza de un equipo que, a las primeras de cambio, entendió que defender su escudo es dejarse la vida en cada balón, no caer en la rendición y, sobre todo, creer en las ilusiones más improbables. Incluso en los momentos donde todo parece estar perdido. Lo más habitual es tirar la toalla, pero la permanencia del Levante es la enésima demostración de que la idiosincrasia no solo de este club, sino también de su afición, está hecha de otra pasta. Todos se desviven por y para sus colores, dispuestos a dar guerra y a armar una identidad única y a prueba de golpes. Va en el ADN de los que tienen la sangre teñida de azul y grana y que, con total merecimiento, se han ganado el derecho de competir codo con codo frente a los mejores del panorama nacional.

Aún recuerdo la semana previa al partido contra el Alavés de la segunda vuelta, donde, durante mi intervención en la tertulia granota de Onda Deportiva Valencia, aseguré firmemente que los de Luís Castro, a pesar de encadenar cuatro derrotas consecutivas que le situaron a siete puntos de la salvación, haría pleno de triunfos en el mes de marzo. Y, sinceramente, fue el tramo de competición donde más se tambalearon los ánimos. Los puntos esfumados durante los últimos minutos frente a Girona y Rayo Vallecano pusieron en el alambre las aspiraciones de un Levante capaz de lo mejor y de lo peor, pero cuyo principal argumento de salvación residía en cómo afrontaba los partidos de tú a tú. Sin transmitir inferioridad. Esa, sin duda, ha sido la arma principal de una plantilla que ha consumado una remontada tan épica como heroica. El argumento al que me aferré para soñar sin descanso con la salvación. Y, sin duda, ha sido un auténtico orgullo ser testigo de la hazaña, de la mano de unos jugadores inolvidables y de un entrenador que, de seguir así, no tardará en sonar para un grande de Europa.

Ante hitos de dicha magnitud, es inevitable acordarse de muchísima gente. De mis padres, los primeros, quienes no han fallado a ni un partido en el Ciutat de València y siempre se han encargado de levantarme los ánimos cuando los reveses no dejaban de golpear mis esperanzas. También de gente de dentro del club, independientemente de la esfera en la que habiten, ya sea vestuario, oficinas o altos cargos, quienes no han parado de insistir hasta ver cumplido lo que era un sueño para todos. Ha sido un año complicado que, por momentos, he deseado que se acabara, pero donde ha sido inevitable sentir un inmenso orgullo por mi Levante. No sé qué sucederá el año que viene ni qué me deparará, solo aspiro a seguir disfrutando de este sentimiento, pero lo de esta temporada no lo olvidaré jamás. Macho Levante siempre. Esté en Primera, Segunda o Segunda B. Pero qué felicidad más grande estar un año en Primera.

Tracking Pixel Contents